Os voy a contar una historia de miedo. Aunque no sea 31 de octubre ni me ponga la careta para contar este relato que nada tiene que ver con brujas o demonios ni con tradiciones adquiridas del otro lado del charco.

Lo que me dispongo a contar en esta ocasión tiene como protagonista el verdadero miedo.

Ocurre en un tranquilo pueblo en el que el más sencillo de los acontecimientos es sabido por todos sus vecinos. Un pueblo en el que, en definitiva, todo el mundo se conoce.

Llega el fin de semana. La jornada laboral del viernes acaba y tres amigas se disponen a tomar la calle para celebrar simplemente su amistad. Unas cervezas, unos bailes y miles de risas. Recién llegada la madrugada deciden volver a casa, el cansancio de toda la semana de trabajo no les concede ni un minuto más. En el camino de vuelta más risas, no son conscientes de la sombra que las acecha. La primera llega a casa. Las dos restantes continúan hasta llegar a la esquina donde irremediablemente tienen que separarse. Pocos metros las separan respectivamente de sus hogares. La segunda llega a casa, le cuenta a su novio lo bien que lo han pasado esa noche cuando de repente suena el móvil. No han pasado ni diez minutos desde que se separaron en la esquina.

Un hombre ha atacado a Ana en el portal. Cuando ha abierto la puerta del edificio, la ha empujado hacia dentro del rellano y…

El silencio en su cabeza por la incredulidad de lo que está escuchando es irrumpido por el llanto de su amiga al otro lado del teléfono.

Sí, de esta historia de auténtico terror me ha tocado ser la protagonista. Cuando pensaba que estas cosas solo ocurren en la televisión. Cuando pensaba que con 31 años ya no corría el peligro del que nos alertan cuando tenemos 16. Cuando ya había tomado como rutina, más que como precaución, el volver con las llaves de casa en la mano, por si acaso.

Por suerte pude escapar, corriendo escaleras arriba y gritando como nunca antes en mi vida. Por suerte, mi novio escuchó mis gritos y abrió la puerta de casa. Y por suerte no le dió alcance porque entonces la tragedia hubiera sido mayor. Por suerte también, la policía está haciendo un trabajo increíble y gracias a ellos hemos podido identificar a ese mal nacido. Sin embargo, y por desgracia, ningún vecino salió en mi auxilio a pesar de mis gritos retumbando en el eco del rellano. Por desgracia, aunque lo detengan, no pagará nunca en la vida el miedo que me ha hecho pasar y que se quedará conmigo por mucho tiempo. Y por desgracia, no será esta la única vez que un hecho así ocurra.

Cuando hace unas semanas oía a la «postiza andaluza» señora Olona hablando de que la violencia no tiene género, me gustaría que me respondiera si está tan segura de que hubiese ocurrido lo mismo en mi portal la noche de aquel maldito viernes si hubiese sido mi novio y no yo, el que hubiera salido con sus amigos a beberse unas cervezas.

En estos días en los que la rabia, la impotencia y el miedo me han atormentado, no he hecho más que pensar en que por mucho que avancemos como sociedad parece que hay cosas que nunca van a cambiar y que esta lacra que es la violencia sexual contra las mujeres no se erradicará jamás.

A todas las que habéis tenido que vivir una historia similar, fuerza. Porque puede que el miedo sea protagonista de este cuento, pero nunca lo será de nuestras vidas y, por supuesto, no permitiremos que nos arrebate nuestra mayor conquista: la libertad.

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