Hace unos días leí un artículo en el periódico que hablaba de la leyenda japonesa, también atribuida a China, del hilo rojo. La leyenda afirma que estamos conectados a las personas importantes en nuestra vida por un hilo rojo que puede desgastarse, enredarse o tensarse pero que nunca se romperá.

Siempre pensé que esa romántica leyenda se refería a los grandes amores de nuestra vida, pero, según el artículo, dicho hilo también nos conecta con nuestros familiares y amigos; en definitiva, con todas esas relaciones significativas.

Tras leer el artículo me puse a pensar en que realmente hay personas que deben creer firmemente en esa leyenda. Que se agarran a ella como a un clavo ardiendo.

Mi padre tenía un amigo íntimo con el que jugaba al tenis todos los domingos. Sin motivo alguno, un domingo dejaron de hacerlo. Las llamadas empezaron a ser cada vez menos numerosas hasta que definitivamente dejaron de verse.

Se encontraban por la calle y, al principio, se paraban a ponerse al día de sus vidas acabando siempre la conversación con un: «tenemos que vernos más» o un «deberíamos quedar un día de éstos». Con el tiempo, esas paradas fueron cada vez más cortas hasta que llegó el momento en que no sabían qué decirse y un simple hasta luego era todo lo que se decían al cruzarse por la calle.

Supongo que ambos confiaron en el poder del hilo rojo pero lo que no sabían es que la amistad, así como todas las relaciones, no dependen de la magia de ningún hilo. Y que eso no es más que un cuento chino, o japonés según el rasgado de ojos con que lo mires.

La amistad es un regalo. Y al igual que cualquier otra relación, hay que cuidarla y mimarla. Es cierto que hay una etapa en nuestra vida en la que los amigos lo son todo. Son confidentes de secretos de adolescencia, cómplices en el engaño a nuestros padres sobre la hora de llegada a casa, paño de lágrimas de nuestros primeros desamores y compañeros de las risas más salvajes.

Es cierto también que lo que creíamos lejano llega, e inevitablemente crecemos, dicen que maduramos, y con ello llegan otras preocupaciones y relaciones que nos confirman que ya no somos unos niños. Tenemos menos tiempo y más estrés. Pero si algo he aprendido con el tiempo y con esto de crecer, es que los amigos son una de las mejores medicinas para aliviar el peso de la vida adulta.

No dejarán de sorprenderme aquellas personas que apartan a los amigos del escenario de sus vidas, relegándolos a un segundo o tercer plano hasta que llega un momento en que, al igual que mi padre y su amigo, se cruzan por la calle con un simple hasta luego en la boca. Un luego que no llega nunca, por supuesto. Es como si sólo fuésemos para ellos un entretenimiento, algo con lo que pasar el rato hasta que llegue algo mejor, alguien mejor, normalmente con un anillo y una hipoteca bajo el brazo.

Si algo tiene el hacerse mayor es transmitir la sabiduría que da los años a las generaciones que vienen así que, a punto de cumplir los 32, me atrevo a lanzar al mundo mi consejo: cuidad como un valioso tesoro a los buenos amigos y no deis por sentado que siempre estarán ahí porque, sorpresa, hasta el famoso hilo rojo también se rompe.

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