Tras las elecciones del 25S en Galicia, varios líderes de Podemos se congratularon por los resultados. Por ejemplo, Íñigo Errejón dijo que “somos la oposición al PP y se sientan las bases para la alternativa. Sube la marea!”. Esto muestra claramente la falta de comprensión de los líderes morados de la situación gallega, ya que ellos no viven en Galicia, tierra que, no podemos olvidar, ha parido a líderes políticos como Franco, Fraga o Rajoy.

Podemos no entiende la desesperación de una juventud que ve cómo el amigo de un narcotraficante sigue dejando que la región se inunde de drogas, que se venda el voto al PP a cambio de trabajo, que se discrimine la lengua gallega en la sociedad… En definitiva, Podemos sigue sin entender lo que es una nación dentro de España: irónicamente, los líderes del único partido estatal con una perspectiva federalista de España sigue sin entender las particularidades de las regiones españolas. A pesar de su bagaje universitario, y de lo preparados que se encuentran a nivel académico, los líderes de Podemos siguen sin empatizar con las naciones de nuestro país, lo que les ha costado más de una decepción a nivel autonómico (Cataluña) y a nivel estatal (Andalucía). Los resultados de País Vasco y Galicia vienen a sumarse a los mencionados anteriormente, porque no son unos resultados de los que regodearse.

Es cierto que las encuestas suelen ser convenientemente generosas con los resultados de Podemos, lo que contribuye a la decepción postelectoral, y también es cierto que para ser debutantes los resultados son asombrosos. Sin embargo éstos son claramente mejorables y, lejos de constituir un éxito, son prueba de una fuerte crisis del partido morado. Podemos ha perdido sus pilares fundacionales y se ha olvidado de sus bases para convertirse en poco más que la única opción política federalista del Estado.

Aunque mantengan acuerdos con numerosos líderes regionales, la cúpula de Podemos la siguen conformando un grupo de profesores de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid con sus amigos, y a pesar de su clara capacidad política y de liderazgo, dicha situación no es comprensible en un partido de la naturaleza de Podemos. Y aunque en Madrid  los adoren y en muchos otros sitios los vean como la mejor opción, Podemos podría ser mucho mejor si ampliara su abanico de líderes y fuera capaz de sentir, no pensar, como lo hacen las naciones de España.

Los acuerdos a nivel regional son un paso adelante para un proyecto estatal federalista, pero no todo se puede hacer bajo las directrices de unos cabecillas madrileños: hay que diversificar la cúpula morada e inundarla con gente de todos los rincones de España. Porque Podemos no es un partido convencional, sino un partido nacido de la emoción de mucha gente que hoy ya no comprende lo que ha pasado con aquel Podemos que “ganó” las elecciones Europeas. Un partido que ninguneó a Alberto Garzón cuando, en su sacrificada y honorable decisión de unir a los partidos con ideales parecidos -y así derrotar a los corruptos de España-, se acercó a los morados dando mucho más de lo que recibió. Podemos, en definitiva, está dejando de representar a los indignados.

Por lo tanto, y en mi opinión, hasta que Podemos no recupere el corazón y se abra, hasta que no vuelva a enamorar y se olvide de tácticas políticas y de convencer, ni saldrá de la crisis en la que se encuentra, ni nos sacará a los demás de la crisis en la que nos encontramos.

Javier Quevedo
(Madrid, 1991) tiene un grado en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid y un Máster en Estudios Europeos por la Universidad Libre de Bruselas. Si fuera por curiosidad, continuaría estudiando toda su vida, pero por ahora centra su interés en los movimientos sociales y la UE.

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