Como en la canción de Sabina, durante la semana pasada hemos asistido a un ruido mediático sin precedentes sobre las diferentes estrategias de los 4 grandes partidos tras las elecciones del 20 D. Mucho, mucho ruido que empezaba con las declaraciones de Pablo Iglesias sobre un supuesto acuerdo ya firmado entre Ciudadanos y PP para investir como Presidenta a Soraya Sáenz de Santamaría tras las elecciones, lo que empezaría a hacer ver el PP con los carteles a partes iguales en Madrid con la imagen de Rajoy y de la Vicepresidenta. La llamada “Operación Menina”. Tanto, tanto ruido, que seguía con las palabras de Albert Rivera el sábado alertando de la estrategia del PP para “salvar al soldado Sánchez”, una estrategia consistente cesar los ataques frontales contra el PSOE de Pedro Sánchez para poner el objetivo sobre Ciudadanos y así poder salvar el sistema bipartidista. Por su parte, el PP alertaba con el viejo argumento de una posible coalición de perdedores para poner a un perdedor, Pedro Sánchez, en la Moncloa, sin respetar el criterio no escrito de que debe gobernar el partido más votado el 20D, un criterio tradicionalmente empleado por quien no contaba con el problema de tener partidos en su espectro ideológico con los que competir. Hasta ahora. Y por último, la supuesta estrategia de todos contra el PSOE que los socialistas ventilan hoy (por el jueves 10) en los medios de comunicación, una estrategia utilizada por Podemos y Ciudadanos para arañar votos y desgastar al PSOE, sabedores que sus posibilidades de ganar las elecciones son remotas, estrategia a la que supuestamente se habría sumado el PP, con tal de que todo posible gobierno pasase por tener a los populares en el mismo.

El recurso del ruido siempre ha sido recurrente en periodos electorales. No miento si digo que todos lo han usado, pero pocas veces ha habido tanto como el que estamos escuchando en la campaña hacia el 20D. La explicación de este grado tan alto de decibelios parece estar en que ahora es mucho más efectivo, puesto que hacía muchos años que el tablero de juego en unas elecciones generales no estaba tan abierto, que la incertidumbre ante lo que va a pasar el día después al de las elecciones no era tan grande. Incluso podría decirse que, desde las primeras elecciones en democracia, las de 1977, las y los españoles no nos enfrentábamos ante una decisión de tal importancia.

Ruido pues, que pretende desincentivar estratégicamente el voto hacia determinadas opciones o incentivarlo hacia otras, nada más. A la vista está que varias de las afirmaciones que he trasladado al comenzar son claramente contradictorias entre sí, lo que implica que alguien miente en este juego de declaraciones cruzadas (o que todos lo hacen). Aquellas con las que empezábamos estas líneas, no son más que posibilidades en una lista larguísima, que van desde cualquiera de ellas hasta la posibilidad de convocar nuevas elecciones en dos meses si ningún candidato obtiene más votos positivos que negativos en las respectivas votaciones.

Que se hable de las posibles opciones que se barajan para conseguir un gobierno a partir del día 20 no es algo malo en absoluto. De hecho, contribuye a informar la posición de los y las votantes para que cuando voten lo hagan con todas las consecuencias. Sin embargo, como ciudadanos y ciudadanas responsables y políticamente formados no debemos permitir que el ruido que hacen estas declaraciones influya demasiado a la hora de coger la papeleta el 20 de diciembre. Que complemente sí, pero que no inutilice todo lo demás. Si las propuestas de los partidos son las que influyen definitivamente en nuestra decisión, habremos ganado la batalla al ruido, habremos triunfado sobre quienes pretenden que votemos como a ellos y ellas les gustaría.

Como en las últimas líneas de la canción de Sabina, nos quedan días de ruido compartido, de ruido envenenado, de demasiado ruido. Preparémonos para ello.

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