Foto: Universidad de Salamanca | Flickr de Mario Sánchez Prada

La Universidad. Sin duda uno de los pilares fundamentales de todo país que sea o pretenda ser desarrollado. El lugar donde formar médicos, legisladores, ingenieros, economistas… El lugar donde un país busca formarse y mejorarse a sí mismo y también mostrarse al mundo. Se haya sido o no parte de ella, todos sabemos de su importancia, todos valoramos que ocurre en ella. Quizás por ello, si hay algo que sea o parezca ser un recorte en sus recursos: manifestaciones. Si hay recortes en becas: aún más manifestaciones… ¿Pero es el problema solamente económico? ¿No funciona bien la Universidad española por falta de recursos? En mi opinión: rotundamente no.

Cabe plantearse multitud de aspectos a la hora de hablar sobre la universidad y cada uno tendrá su opinión sobre los mismos: ¿Debe acceder tanta gente como hasta ahora a la universidad? ¿Es necesario que el Estado promocione más otras opciones alternativas? ¿Es bueno o malo que cada capital de provincia tenga su propia universidad? Muchas preguntas, pero yo me voy a centrar exclusivamente en el funcionamiento interno de la universidad. Y quiero ser claro.

En mi opinión, la universidad pública es muy probablemente la institución española más corrompida, oscura y desorganizada de todas con las que convivimos. Y tiene su mérito.

Corrompida porque existen multitud de docentes, jefes de departamento, decanos, rectores… Mucho más preocupados de ascensos internos, de viajes con un único interés personal, de investigaciones que no llevan a ninguna otra parte que a engrosar cuentas corrientes, de publicaciones en este o aquel congreso… Que de sus alumnos. Cualquier ser humano que haya sido estudiante universitario lo sabe o lo intuye. Lo dirá o no, le importará o no, pero es así. Una institución en la que un profesor abandona sus clases y a sus alumnos a mitad de curso porque tiene un congreso en la otra punta del planeta con un interés desconocido y en la que nadie hace absolutamente nada no solo por eliminarlo, tampoco por al menos cuestionarlo, es una institución que está muerta por dentro. Y este es solo un ejemplo de ello, tendría mil.

Oscura porque es absolutamente imposible conocer las cuentas de multitud de universidades españolas o el porqué de algunos nombramientos y cambios internos en las mismas, habitualmente tejidos entre los propios docentes sin ningún control externo. No es que no haya acceso a estas informaciones en páginas web o en registros. Es que simplemente no existen ni para el ciudadano, ni para el estudiante, ni para nadie. Millones de euros se mueven en viajes, investigaciones, reformas, etc. Nada se sabe de las cuentas y mucho menos se rinde por las mismas ante nadie, pero numerosos rectores salen a la prensa a decir que las suyas tienen superávit. Más allá de que eso sea muy probablemente mentira (pero nunca lo sabremos, claro), resulta curioso ver como algunos de ellos ven como positivo que una universidad pública tenga un superávit de millones de euros (o televisiones de plasma colgando de las paredes, no me quería quedar sin decirlo) cuando a algunos alumnos les cuesta sudor y sangre pagarse su estancia en la universidad. Tampoco rinden cuentas ante nadie los mismos profesores, da igual como formen o evalúen al alumno y los resultados para el futuro de los mismos que esto vaya a tener. A nadie parece importarle porque nadie habla de esto. Hay que decirlo claro: el único evaluado y exigido en su labor dentro de las facultades españolas es exclusivamente el alumno, el mismo que paga la factura presente y también la futura, más importante.

Por favor, si alguien consigue averiguar las verdaderas cuentas de las universidades españolas, el razonamiento de sus cambios internos o la evaluación sobre el rendimiento de sus docentes, hágalo saber. Probablemente haya conseguido hacer una investigación mucho más útil que la mitad de las que se hacen en nuestras universidades.

Y también es la más desorganizada porque, simplemente, no tiene ningún sentido. Nadie planifica ni ha planificado nunca qué demandas de estudiantes existen por cada especialidad en cada provincia española o si tiene sentido que cada capital tenga sus propias facultades, qué demandas de empleo futuro tendrán los estudiantes que un día serán trabajadores, como debe enseñarse en la universidad, los modelos de evaluación del alumnado, las diferencias en la enseñanza entre autonomías, los planes de estudio y sus actualizaciones como el Plan Bolonia,  la ayuda al alumno en su elección antes de llegar a la propia universidad, etc.

Por supuesto, como en todos los lugares que son un desastre, también hay muchos grandes profesionales en nuestras universidades que trabajan duro cada día con el máximo compromiso y es obligado mencionarlos. En mis cinco años en la universidad pública me he encontrado con algunos grandes profesores, administrativos, encargados, etc. Y a todos les estaré siempre agradecido por todo lo que aprendí en la misma, tanto o más como desagradecido estaré con aquellos que me hicieron perder horas y horas en aquellas paredes con mucha más Historia que presente.

La universidad necesita una reforma completa, de arriba a abajo. Da la sensación cuando estás dentro de que incluso lo que necesita es derrumbarla por completo y volverla a construir ladrillo a ladrillo, libro a libro, profesor a profesor. Pero especialmente, más que ninguna otra cosa, necesita salir de ese silencio forzado a la que todos la sometemos, desde los políticos hasta cada uno de los ciudadanos. Es hora de decir alto y claro que la universidad española, hace siglos la mejor y más avanzada de todo el planeta, está fracasando estrepitosamente en su labor desde hace mucho tiempo y ha llegado el momento de cambiarla. Una universidad en la que no solo nos acordemos de si va bien o va mal cuando veamos los presupuestos para tirárselos al político de turno a la cara será, sin duda, una universidad mejor.

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