Era plena madrugada cuando en Sevilla se escuchó el mármol quebrar. Del sepulcro franquista de la Basílica de la Macarena no solo salieron los restos de Queipo de Llano. También volvieron a salir las cadenas, el yugo, las flechas y el pendón. Salieron la venganza, el dedo señalador y, en versos del comparsista Tino Tovar hace dos años, «los fusiles, las cunetas y la herida que todavía sigue abierta» de una Andalucía rota. Estas palabras del autor, que en su día fueron dedicadas a la exhumación del dictador, vuelven a aflorar con el destierro de suelo santo de uno de los generales más sanguinarios y sádicos de la dictadura franquista.

Gonzalo Queipo de Llano y Sierra fue el mayor responsable de la represión en Andalucía y Extremadura. Bajo sus órdenes fueron ejecutadas y asesinadas más de 45.000 personas. También participó en la «Desbandá» de febrero de 1937. Entre otras inmoralidades, alardeaba a través de la radio de sus hazañas con el objetivo de desanimar al enemigo y levantar la moral de los suyos. Abiertamente homófobo y misógino, presumía de que sus hombres violasen y agrediesen sexualmente a las mujeres que se fueran encontrando: «Así demuestran a hombres cobardes lo que es ser hombres de verdad».

Hasta hoy Queipo de Llano descansaba plácidamente bajo el suelo de La Macarena, escudado bajo la anormalidad democrática que ha caracterizado a nuestro país en las últimas décadas. Mientras que en otros países de la Europa occidental se condenaba el fascismo, aquí lo enterrábamos con honores. De hecho, parece increíble que todavía siga presente en determinados aspectos de nuestra sociedad. ¿Cómo puede alguien estar en contra de una norma que impide exaltar los momentos más oscuros y sangrientos de nuestra historia? ¿Cómo pueden existir grupos y formaciones políticas que no comprendan que la aplicación de esta ley nos enriquece democráticamente?

Vox asegura que «hay que dejar el pasado atrás» y que este tipo de legislación, además de «borrar la memoria de una parte de la población», «nos enfrenta como españoles, separándonos entre buenos y malos», pero no es cierto. La nueva ley de Memoria Democrática, entrada en vigor el pasado 21 de octubre, reconoce verdaderamente la memoria histórica, subraya los últimos coletazos del franquismo y, si nos separa, lo hace entre fascistas y demócratas.

Me duele la extrema derecha en tanto que daña a la democracia, pero me afecta más la tibieza del Partido Popular. Casi 47 años después del fallecimiento de Franco y en el 44º aniversario de la aprobación de nuestra Carta Magna, el Estado celebró el pasado lunes en Madrid el primer acto conmemorativo con motivo del Día de Recuerdo y Homenaje a todas las víctimas del franquismo. Almeida y Ayuso tenían cosas mejores que hacer que acompañar a víctimas de la dictadura como Hilda Farfante, hija de dos maestros fusilados en 1936: Ballbina Gayo y Ceferino Farfante. Ella comentaba emocionada al final del acto que «tenía el corazón lleno». El principal partido de la oposición, por su parte, sigue sin haber de dónde viene ni a dónde va.

Que una ley que impide profesar culto a los responsables del franquismo no cuente con el respaldo de la totalidad de la población solo se cura con educación y con memoria histórica. No se puede abandonar a las víctimas hasta que no se sane cada una de las heridas. La exhumación de Queipo de Llano de la Macarena era la levantá más esperada y supone un gran paso, pero aún queda mucho por andar. Siempre lo he dicho y no me cansaré de repetirlo: nunca alcanzaremos una justicia plena si no la hay para los que siguen enterrados en las cunetas. Cuidar y reparar nuestra memoria democrática también es construir identidad.

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