Sucede que la historia se precipita. Se precipita sin que nos demos cuenta. Porque, al fin y al cabo, eso es la historia, un motor que mueve a la humanidad en el mayor de los silencios. En ese caminar, sucede, también, que pensamos que hay un progreso continúo y lento. Sucede, a veces, que la incertidumbre del futuro, inexplicablemente nos regurgita esperanzas absurdas. El progreso, sin embargo, se ha ido diluyendo en las ideas materialistas que acompasan el latido de las sociedades modernas.

La pompa tecnológica en la que vivimos ha cambiado por completo nuestras formas de vida. Los bolígrafos cada vez duran más y la tinta que dibuja las letras de los teclados se difumina demasiado pronto. Los relojes ya no son digitales o de aguja, ahora son inteligentes y las distancias se han reducido a un cable de fibra óptica y una aplicación de comunicación instantánea. Sin duda, la tecnología ha puesto en manifiesto las capacidades del ser humano para cambiar su entorno, ajustándose a sus necesidades y haciéndolo, quizá, demasiado cómodo.

Hasta ahora, el progreso tecnológico ha ido acompañado de un crecimiento de las desigualdades sociales. Se podría decir, incluso, que los producción masiva de objetos innovadores está comenzando a generar más pobreza que riqueza, horadando aún más los derechos de los pueblos en vías de desarrollo. Es conocido por todos, también obviado, incluso silenciado por los grandes medios, lo que conlleva a nivel humanitario la fabricación de nuestros tan preciados smartphones.

Nuestra propia lógica social nos envuelve en una especie de falsa comodidad, auspiciada por un esteticismo enfermo, que nos lleva desvincular el ideal de progreso de las luchas sociales. Así, poco a poco, refugiados en nuestros aparatos, caminamos en un clima de empobrecimiento masivo hacia un futuro regresivo.

El problema, como siempre, no viene tanto de la mano de la tecnología, como del mal uso de la misma. Alcanzar una forma de ligar el progreso social con el progreso tecnológico, debería ser el camino para enmendar esta regresión de valores en la que vivimos. Hemos visto como los avances científicos han puesto en evidencia el sistema productivo capitalista en materia medioambiental, dando al planeta una alternativa en forma de energías renovables. También han nacido empresas, como la marca de telefonía FairPhone que fabrica sus terminales con “minerales limpios”, concienciadas de que el progreso tecnológico no debe separarse del progreso social. Porque no hablar, además, de las aplicaciones móviles nacidas para facilitar las denuncias de acoso y violencia machista.

Las alternativas están sobre la mesa. No es fácil cambiar la falsa comodidad brindada por los mercados de consumo, pero es una necesidad irrenunciable para garantizar el verdadero progreso de las sociedades que, desde hace décadas, permanecen inamovibles y embobadas por cada nuevo invento absurdo. Sin embargo, este mundo posmoderno nos atrapa con sus múltiples garras, haciéndonos creer vivir en el idílico ‘fin de la historia’ y soterrando las posibilidades de un futuro diferente al presente.

Así, nos hallamos perdidos en un campo de batalla abierto, con nuestras yemas de los dedos desgastadas de pasar páginas digitales infinitas, buscando ese final anecdótico que, en forma de moraleja, nos permita aprender de la historia y cambiar los roles que mueven un mundo injusto y desconcertante.

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