Dicen que cuando se cierra una puerta, se abre una ventana. Tras el trágico Comité Federal del 1 de octubre, el PSOE tenía la oportunidad histórica de demostrar, nuevamente, que podía celebrar un proceso interno democrático. Un proceso, como el de las primarias, en el que es pionero en España desde que en 1998 su Secretario General, Joaquín Almunia, se enfrentó a Josep Borrell.

Pero la izquierda española tiende, por nuestro carácter no sé si mediterráneo o directamente masoca, a autoflagelarse. O directamente autodestruirse. La nueva etapa de transición quizá exigía que ninguna de las dos partes enfrentadas tomara parte en la nueva carrera por el liderazgo socialista. Es por eso que Patxi López decidía, en primer lugar, dar un paso adelante para intentar volver a unir a un partido encajonado en las trincheras internas.

A finales de marzo, nos encontramos todo lo contrario: tanto Pedro Sánchez como Susana Díaz han dado un paso adelante. Y si en ese paso, ya que estamos, aplastamos al contrario, mejor.

El ex-Secretario General decidió encabezar la corriente alentada por las plataformas pro-congreso sin dejar atrás una actitud permanente de venganza por lo sucedido en octubre. Un actitud que ha conseguido transformar en un eje militancia vs «aparato» y que ha terminado por escapar a su control en muchos casos. Si bien una polarización le beneficia porque deja de lado al principal rival que le puede robar votos (Patxi López), de la polarización al enfrentamiento permanente hay un abismo que ha terminado por cruzarse.

Las redes sociales se encuentran plagadas de insultos en mensajes en los que la palabra «compañero» ha desaparecido, ando paso a clasificar a toda la militancia en susanistas o pedristas, como si de dos partidos socialistas se tratase.

La (todavía) Presidenta de la Junta de Andalucía, por su parte, hizo un primer amago en Madrid el pasado 11 de febrero cuando, bajo la excusa de un acto municipalista, el Alcalde de Vigo Abel Caballero la invitó para probar cuánta aceptación podía tener. Y será mañana, 26 de marzo, cuando hará oficial su candidatura tras años de calculada ambigüedad.

Al estilo de la federación a la que pertenece, la más numerosa y, por tanto, con más poder, Díaz realiza una campaña megalómana basada en los sentimientos de volver «a un PSOE ganador» esgrimiendo por un lado sus apoyos orgánicos y por otro sus resultados en marzo de 2015. Algo curioso si tenemos en cuenta que fueron los más bajos de la historia del PSOE-A después de los de 1994, 100.000 votos menos que los obtenidos por Griñán en 2012.

Sin embargo, ninguno de los dos sabe disimular sus ansias de poder, en el sentido más legítimo de la expresión, lo que impide que, como en anteriores ocasiones, las primarias sean un ejercicio de debate saludable y ejemplificador para el resto de formaciones políticas en nuestro país.

Por un lado, Pedro Sánchez, que ha sido bendecido con no contar con apoyos de los líderes regionales y auparse así como «el candidato de las bases», ha sido rodeado por marcadas figuras de Izquierda Socialista como Odón Elorza y José A. Pérez-Tapias. Algo fundamental para un PSOE que tras su abstención ha salido verdaderamente maltrecho. A ellos se han unido figuras en cierto modo frescas como Adriana Lastra, Susana Sumelzo o Zaida Cantera. Una candidatura más coral y que ha sabido destacar a más mujeres que la de Susana Díaz. Algo paradójico si tenemos en cuenta que una de sus bazas más utilizadas es la de ser una candidatura feminista.

Pero a pesar de todo no ha sabido corregir el error que le llevó a ser destituido: el reconocimiento de la estructura federal del partido y, por tanto, de sus líderes territoriales. Menospreciar a figuras como Fernández-Vara en Extremadura, Lambán en Aragón, Page en Castilla-La Mancha o Puig en Valencia más allá de los desencuentros de octubre hace que muchos vean el día después de las primarias un nuevo periodo de escaladas de tensión si gana Sánchez.

La referencia permanente a unas «élites» del partido no debe hacernos olvidar que todos ellos han sido elegidos por la militancia en congresos regionales, provinciales o locales, que los órganos socialistas no funcionan por dedazo.

Por otro, Susana Díaz no ha sido lo suficientemente hábil como para aplicar lo que la diputada Margarita Robles ha resumido en «no sólo hay que ser neutral, sino también parecerlo». Si tenemos en cuenta su inmensa influencia en la actual Comisión Gestora, no ha conseguido resolver cuestiones que los medios de comunicación tienen muy fácil convertir en polémicas.

El aceptar asistir al acto con Abel Caballero, un acto propio del partido, no de candidatura, ha supuesto que sobre ella planee aún la sombra de quien orquestó el trágico 1 de octubre. A lo que se unen torpezas como permitir que agrupaciones enteras pongan fondos para el transporte de militantes a su acto, cuando, prerrogativa de la presunción de pluralidad de votos entre la militancia, éstas deben ser neutrales.

En cuanto a apoyos, la Historia socialista ha dejado nombres como los de Felipe González, Alfonso Guerra y por supuesto José Luis Rodríguez Zapatero. Sin embargo, ¿hasta qué punto los apoyos históricos benefician? Especialmente en el caso de Felipe González, cuya figura ha terminado asociándose (con poca memoria histórica) a sus declaraciones y actos de los últimos años, basarse en todo momento en el pasado choca con una idea de proyecto de futuro.

Esta clase de apoyos son los que, de cara a cierta parte de la militancia, legitiman a una futura líder, pero lanzan la idea de un PSOE que no quiere reconocer la España actual negando, entre otras cosas, el nuevo escenario de partidos y la política de pactos.

Uno y otro están viniendo a demostrar que la experiencia no siempre es un grado porque, cuando la ambición va por delante, la razón termina por partir hacia un exilio al que parecen querer empujar también al PSOE. Ninguno de los dos termina por entender que el día después llegará tarde o temprano, por mucho que ambos se nieguen a verlo. Y, ese día, no caben las exclusiones en un partido que no está como para prescindir de ningún brazo para remar.

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