Todos los diciembres me gusta hacer balance del año, valorar en qué he crecido y reconocer mis errores para seguir aprendiendo. Me pongo la canción de Mecano a todo volumen, esa que habla de «petardos que borran los sonidos de ayer» mientras en una lista mental voy anotando propósitos, siendo consciente de que algunos no llegarán a cumplirse. Pero siento más emoción con este pequeño ritual que esperando a que el niño de San Idelfonso saque mi número del bombo cada veintidós de diciembre.

Aunque he de reconocer que no soy muy amante de estas fechas, son pequeños detalles los que las hacen especiales: la copa de anís de mi madre, el ver cómo papá no nos deja ayudarlo a colocar el belén, los abrazos de los amigos de verdad que, aunque se reciben todo el año, son más cálidos en esta ocasión; desayunar la mañana del veinticinco viendo a Hugh Grant en el papel de primer ministro británico bailando en Downing Street…

Pero llevo varias semanas queriendo reencontrarme con ese espíritu que consigue que despida el año de una manera más optimista y no logro conseguirlo. Este año me siento especialmente apática. Es como si el reloj se hubiera detenido en marzo de 2020 y  no nos dejara avanzar. El tiempo se ha escondido detrás de una mascarilla.

El Grinch que robó la Navidad parece que este año se ha llevado mi ilusión. Y le odio por ello.

Será que aún es pronto para que me haya acostumbrado a esta nueva vida, será que siempre he sido muy impaciente, o será que me han dado en el roce con los míos, donde más duele, pero el caso es que la desesperanza está empezando a ganar esta batalla.

Pero al igual que este verano me inyecté la que será la salvación de esta pandémica pesadilla, antes de acabar el año voy a inyectarme en vena el optimismo. Porque si algo he aprendido este 2021 es que hay que seguir adelante, que a pesar del pataleo, de la impotencia y de las lágrimas, la vida sigue. Aunque parezca que estamos en una burbuja en la que no pasan las horas, el tiempo se nos va, se nos escurre entre los dedos y no hay vacuna que acabe con esa verdad.

Así que este año antes de quitarle las pipas a las uvas, antes de colocarme la ropa interior roja y antes del primer sorbo de champán, anotaré en mi lista un único propósito y al cerrar los ojos pediré un único deseo: vivir, que con los tiempos que corren ya es un regalo de valor incalculable.

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