Ayer por la noche me levanté sugestionado, arrastrando los pies, llevándome el polvo del suelo en los calcetines. 20 de noviembre, menuda mierda de día se avecina. La noche, el preámbulo del día, se teñía de un negro lodoso, como anunciando que un año más se iba a repetir ese día asqueroso, que hace recordar un pasado que no se cierra y nos persigue como persiguen las horas al enfermo terminal.

20 de noviembre, sí, permítanme que redunde, que repita esta fecha las veces que quiera. Es hoy ese día en que los fascistas salen a la calle a vanagloriar al generalísimo bajo una impunidad que se remonta a los tiempos de la transición. El fenómeno Kitsch que viven los fascistas españoles los hace cada año más ridículos, intentando hacer del aguililla un símbolo romántico, arropados con yugos y flechas y controlando la violencia que fluye por su sangre en manifestaciones autorizadas por el estado en que vivimos. Pese a lo ridículo, cada 20 de noviembre, los fascistas se hacen fuertes, salen de paseo por Madrid para recordarnos a todos que ganaron la guerra, que nuestros muertos siguen en las cunetas.

Formando en la Gran Vía, esa avenida de la URSS que tanto les escocía, caminando por la Plaza de Oriente, quizás por El Pardo, avanzan respaldados por la policía y protegidos por un gobierno cuyo partido fue fundado por ministros franquistas. Cada 20 de noviembre recordamos con dolor que la democracia es una farsa. Ellos, con sus gritos, con sus saludos a la romana, nos recuerdan que están ahí porque quieren estar, porque su dios lo permite y porque la transición jamás condenó su ideología cancerígena.

Nos escuece ver que nadie condena el franquismo en esta tierra poblada por cuñados que te invitan con vehemencia a que cierres tus heridas, a que beses la bandera y te dejes de tonterías. – Que la vida sigue- te dicen algunos – Que te pidas una cerveza y disfrutes de la libertad que tenemos en España- continúan, para añadir después – que al final los extremos se tocan y también tendrán sus derechos los fascistas-. Así cada año, en cada bar de España, se suceden las reprimendas de aquellos que no tienen familiares, no pudriéndose en las cunetas, sino podridos en ellas porque ochenta años son ya muchos.

Cada año, cuando llegan estas fechas, los políticos huyen de la prensa y cuando lo hacen, dejan un aroma a fascismo que se esconde bajo esas suaves ropas democráticas. Su vanidad ideológica brota de su pecho, como los topos asoman la cabeza bajo tierra, rápida y fugazmente. Por si fuera poco, El Valle de Los Caídos sigue en pie, recordándonos una vez más de dónde venimos, susurrando, de cuando en cuando, a la ciudadanía que el espíritu de Franco nunca se ha ido. Su alma sigue siendo honrada cada fin de semana por sacerdotes fanáticos y amigos de la ultraderecha en esa tumba que los rojos construyeron con su sangre por pecadores y libertinos.

Los cráneos huecos de España se reúnen cada 20 de noviembre y otra vez tendremos que agachar la cabeza. Nos veremos obligados a mirar a Alemania y recordar lo imposible que sería vivir una fecha así en esas tierras. Algunos recordamos cada año que la transición no reanudó la democracia que había sido paralizada por el franquismo y con un sollozo en la boca nos sentimos orgullosos de ser antifascistas. Porque eso no implica ser rojo, ni antisistema, ni ser un radical de izquierdas, porque ser antifascista es una necesidad en estos tiempos y en estas fechas.

Así, cada año, el estado español permite las manifestaciones neofascistas para advertirnos que, si no nos subrogamos a la democracia rancia europea, reviviremos nuevas brechas. Es al estado a quién conviene que no se cierre está herida y que España siga dividida, porque mantiene a las elites dignificadas y perdidas en una guerra que no es suya. Se presentan, los demócratas de boquilla, en una batalla entre comunistas y fascistas, donde su democracia se erige como única alternativa. Con esa baza absurda juegan para hacernos creer que durante el franquismo solo murieron algunos radicales que estaban desordenando España, como si Franco no hubiera asesinado a la democracia que comenzaba a nacer en los años treinta.

Que el gobierno condene el franquismo es algo necesario, incluso imprescindible. Mientras algunos partidos sigan negándose a aplicar leyes de memoria histórica, mientras esos que se llaman demócratas se abstengan de las votaciones a la condena del franquismo en los ayuntamientos y asambleas nacionales, el régimen democrático seguirá a régimen, evitando aquellos alimentos igualitarios. Hasta que esto ocurra, soñaremos, desde la trinchera, con un mundo libre y justo, con una democracia verdadera, con una derecha limpia de sangre y alejada del fascismo y con una izquierda que se moje y luche por una memoria histórica digna.

 

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