¿De verdad es el logos lo que nos separa de los seres animales? ¿Creemos fielmente que es la razón y el conocimiento las bases que nos caracterizan como seres humanos?

Parecen cuestiones triviales, que se abordaron hace 500 años, cuando el movimiento humanista tomó protagonismo en la Europa de finales del siglo XV. Sin embargo, y sin ahondar muy profundamente sobre la veracidad o falsedad de la cuestión, encontramos ejemplos claros en los que estas premisas no se cumplen.

¿Qué nos lleva a votar a determinado partido político? ¿Por qué decidimos comprarnos aquel traje que anuncian? ¿Qué razones nos llevan a decorar nuestras terrazas con jardineras? ¿Por que apoyamos una determinada propuesta que a priori parece no convencernos?

¿Por la razón, por el logos, por el conocimiento de la realidad? No. Por los instintos, los sentimientos y el tándem entrañas-corazón que mueve montañas en cada uno de nosotros. Porque sí, es cierto, somos seres racionales, pero no es esta condición la que hace que en muchos casos nos decantemos por una u otra cuestión.

Los votantes de un partido político pueden estar al corriente de sus propuestas electorales, de las medidas que quieren llevar a cabo y de los mensajes que han ‘colocado’ en los medios. Pero no son estos los motivos que impulsan a un gran colectivo de personas a votar a uno u otro partido. Es aquello que nos transmite, que nos identifica, que nos agita las emociones lo que hace que escojamos su papeleta el día de las elecciones. Pero también el miedo, la desconfianza o la intranquilidad de que sea ‘el otro’ el que gane, hace que nos movilicemos.

La moda es otra de las cuestiones que no se eligen por razones de uso, de comodidad o necesidad. Casi siempre viene determinada por lo que nos entra por los ojos y vemos en modelos ajenos. Pero siempre hay excepciones.

¿Y las posturas que son difíciles de defender? ¿Qué hacemos con ellas? Pues lo mismo que con lo anterior, apelar a lo más profundo del ser humano. ¿Monarquía o República?, ¿A favor de la tauromaquia o en contra? Cuestiones que a priori parecían ser fácilmente respondidas en un entorno académico y progresista, se tambalean cuando los argumentos no apelan a la razón o al conocimiento de las leyes, sino a los instintos.

No demos por supuesto ninguna cuestión que pueda ser defendida por artículos o leyes. Demos valor a las historias que hay detrás, al storytelling que podemos crear para que escojan nuestra opción. ¿O no fueron los propios nazis los que utilizaron esta maniobra de argumentos para conseguir trasladar un sentimiento de odio hacia los judíos?

No son siempre los argumentos lógicos y razonables los que consiguen mover a los públicos. Tener en cuenta esta premisa y dominar las técnicas de persuasión, o motivación emocional, será la llave para abrir las puertas de esta y futuras sociedades.

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