Albert Rivera durante un mítin en Alcalá de Henares
Albert Rivera durante un mítin en Alcalá de Henares para el 26M | Flickr de Ciudadanos

Si echamos la vista atrás y repasamos los últimos cuatro años en nuestra política nacional podríamos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que el discurso y la actuación de Ciudadanos han venido marcados por las siguientes palabras clave: pragmatismo, lista más votada, estabilidad y unidad de España.

Fueron éstas las que en 2015 definieron sus estrategias a la hora de apoyar “irremediablemente” al Partido Popular en el Gobierno de España y en muchas comunidades autónomas como Madrid, Castilla y León, Murcia o La Rioja.

Con unos principios aparentemente “inamovibles”, ¿cómo podríamos valorar entonces el presente de Ciudadanos?

La realidad de la formación de Rivera es hoy muy distinta a la de 2015, y es que ¿cómo se explica entonces el apoyo de Ciudadanos al PP en Madrid, Castilla y León o Murcia donde ha sido el PSOE el partido más votado? ¿Cómo se enarbola la manida “regeneración democrática” si se brinda el apoyo al partido que lleva desde 1995 gobernando dichos territorios?

La dirección nacional de Ciudadanos, responsable de la política de pactos en un partido fuertemente centralizado (y personalizado), no ha tenido dudas al respecto en ningún momento: no hay una explicación posible, sino la más total y absoluta contradicción.

Los tan inamovibles principios han demostrado ser, más bien, piezas de ajedrez. Unas piezas que no han parado de moverse por un difícil tablero, amagando con otros pactos, pero buscando todos, finalmente, acabar con una misma reina impulsados por el mantra de la lucha por la unidad de España y contra el populismo.

Populismo, esa palabra que Ciudadanos, centrando todos sus ataques en Podemos, ha terminado por obviar si tenemos en cuenta que el populismo propio de la derecha radical ha terminado por sentarse en su misma mesa de negociación. Y no, esta vez no se ha conformado con la ‘vía andaluza’.

Si algo podemos sacar en claro tras estas elecciones es que Vox ha tomado conciencia de sí mismo y de su importancia en la política de pactos. La posibilidad de ocupar cargos de responsabilidad en parlamentos, comunidades y municipios es, a día de hoy, un tren que la formación de Abascal no está dispuesta a dejar pasar.

Es entonces cuando nuevamente los principios naranjas comienzan a moverse por el tablero buscando y evitando a la vez toparse con las fichas verdes, dando lugar a “reuniones sin pactos”, como las de Ignacio Aguado (Cs) y Rocío Monasterio (Vox) tras las que, no habiéndose pactado nada, Juan Trinidad (Cs) se convertía en Presidente de la Asamblea de Madrid. Mientras, tras los Pirineos, los liberales europeos miran con estupefacción cómo sus homólogos españoles rodean con sus cordones sanitarios a la socialdemocracia mientras extienden una alfombra roja a la derecha radical.

¿Cómo puede el partido de la honestidad, el pragmatismo y la política de Estado tapar semejante orgía de contradicciones propias y ajenas? Es difícil saber si lo han conseguido, pero sus intentos han ido orientados a explotar uno de sus principales recursos: la oratoria.

No cabe duda que la oratoria y el debate han sido uno de los puntos fuertes de los primeros espadas de la formación de Rivera, empezando por este último. Sin embargo, frente a un discurso que encontraba en el sosiego y la prudencia sus puntos fuertes, no nos son ajenas en las intervenciones de Arrimadas, Villegas, Aguado o el recién fichado Marcos de Quinto, las palabras huecas, simplistas, más propias, precisamente, de la retórica populista que tanto dicen combatir.

¿Acaso Pedro Sánchez no pudo sacar adelante sus presupuestos por el voto en contra de los independentistas? ¿Por qué entonces se insiste, una y otra vez, en que son sus aliados para cualquier aventura política? ¿Por qué insistía Ignacio Aguado en su perfil de Twitter en que había sido el Gobierno de Sánchez el encargado del nuevo logotipo de Correos a pesar de que todos los medios (y los datos oficiales lo desmentían?

Mensajes cortos, sencillos y que calen en la sociedad, sin importarnos que no exista un ápice de verdad y siempre envueltos en la enseña nacional. A pesar de los años, el mensaje populista, ya sea en la extrema derecha o la extrema izquierda, ha funcionado siempre igual.

Lo que cabe preguntarse, llegados a este punto, es si de verdad van a ser necesarias la mentira y la descalificación permanente para hacer oposición desde la bancada naranja. Si de verdad se le han agotado los recursos al partido que buscaba que sus dirigentes fueran los mejores oradores del hemiciclo.

Cabe preguntarse, ¿cuándo traspasó Ciudadanos su delgada línea naranja?

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