Todo el mundo recuerda cuando en España se pensaba que la nueva generación de jóvenes era una generación de perezosos, comodones e incapaces. Gran parte de ellos no encontraba trabajo, vivía con sus padres hasta bien entrados los 30 años y los mayores se empezaban a preguntar si esos mismos jóvenes serían capaces de pagar su jubilación en un futuro. El impacto de esta generación en la sociedad fue tan grande que se ideó un nombre para ellos: los nini, se decía, que ni estudian ni trabajan. Para los que tengan mejor memoria podrán recordar que era un apodo de uso corriente en la prensa y en la sátira televisiva, que se cebaba con un blanco fácil y que satisfacía a un amplio espectro de la sociedad. De hecho, estos jóvenes eran tan incapaces que ni siquiera salían a las calles para reivindicar las injusticias que les afectaban.

Nadie en aquel momento quiso ver que los jóvenes se encontraban en una situación muy complicada, en una especie de letargo o depresión colectiva causada por el descontento y la incapacidad de formar parte de una sociedad que les cerraba las puertas. No solo no había posibilidad de acceso a puestos de trabajo para ellos, sino que encima tenían que cargar con las altas expectativas que la sociedad había puesto en ellos después de ser la generación mejor preparada, en la época del crecimiento boyante de la economía estatal. Sin embargo, aquella burbuja aznarista explotó y dejó al descubierto un gobierno incapaz de gestionar aquellas cifras de desempleo y descontento. Y a pesar de ello, la culpa seguía siendo de los nini, que se quedaban en casa.

Pero en 2011 ellos también estallaron e inundaron las calles. Se quejaron, montaron acampadas, organizaron manifestaciones, crearon ideas, compartieron, debatieron, aprendieron e invitaron a todos los segmentos de edad de la población a unirse. En conclusión, se hicieron la parte más importante y visible de la sociedad. Parecía inverosímil que los jóvenes que tenían tomado el sofá de sus casas pasaran a tomar las plazas y se pasaran días allí trabajando e intentando hacer progresar una sociedad que se encontraba estancada. Todo empezó el 15 de mayo de 2011, y acuérdense de esta fecha porque será difícil de olvidar. Puede que hoy no nos parezca una fecha importante, pero no tardará mucho tiempo en ser recordada como un hito en la historia democrática del país.

Los nini pasaron de ni estudiar ni trabajar a ser ni PSOE ni PP, y en 4 años (que, históricamente, no son nada) han conseguido sacar el bipartidismo de las principales ciudades del país, han multiplicado el espectro político a nivel autonómico y estatal y han cambiado el modo de hacer política. Ya se han acabado los debates soporíferos e incomprensibles de las élites políticas del país, cuya única preocupación real giraba en torno a la manera de postergar su presencia en el poder y a cómo mantener su riqueza una vez se quedaban sin el primero. Ahora en sus debates deben hablar de los problemas de la gente, se ven obligados a hablar de cambio y, por lo tanto, de admitir que lo que han hecho hasta ahora no ha estado bien. Incluso disfrazando su discurso, el bipartidismo pernicioso sigue perdiendo apoyo y se hunde, acuciado por las nuevas fuerzas políticas que crecen como la espuma y que vienen llenas de juventud y de feminismo. Y todo se logró sin violencia.

Además, España tiene ahora una de las sociedades más progresistas de Europa, y es solo cuestión de tiempo (es decir, cuando el gobierno concuerde y represente las ideas de sus ciudadanos) que veamos cómo España muestra síntomas de este tumor benigno que ha supuesto el 15M en una sociedad democrática construida con argamasa franquista y que, finalmente, no ha sido capaz de contener las ganas de libertad de una juventud nueva. Los hijos de la transición, se hacen llamar algunos, orgullosos de vivir en la España democrática. Los nini son ahora hijos del 15M, y son los que más orgullosos deben estar de todos nosotros, porque ellos han sabido detectar males que no son tan evidentes como el despotismo, sino males sibilinos como la corrupción, el compadraje o la cooptación.

Por ello hoy España debe estar orgullosa de aquellos nini de principios del siglo XXI que, decepcionados con la democracia, la política y la sociedad levantaron un movimiento social que ha inspirado a todo el mundo. Los nini son grandes herederos de aquéllos que se levantaron contra la ocupación francesa y de los que lucharon contra el fascismo que carcomió la Europa de los años 30. Hoy es pronto para juzgar (solo han pasado 5 años) pero la historia nos dará la razón. Porque ya, en el año 2016, todo ha cambiado.

Javier Quevedo
(Madrid, 1991) tiene un grado en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid y un Máster en Estudios Europeos por la Universidad Libre de Bruselas. Si fuera por curiosidad, continuaría estudiando toda su vida, pero por ahora centra su interés en los movimientos sociales y la UE.

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