Son las siete de la mañana y, como de costumbre, el despertador, anclado en la barra de tareas de su smartphone, comienza a sonar y a vibrar esquizofrénicamente. Entre las sabanas, una mano emerge, palpa la mesilla hasta alcanzar el móvil y deslizando de manera autómata el dedo apaga el soniquete que da comienzo a un nuevo día. Como un muerto viviente, camina hacia el baño, levanta la tapa del váter y hace sus cosas. Después, se acerca al lavabo, poniendo su rostro en paralelo al grifo y achicando agua en él con pequeñas bofetadas. Cuando se yergue, observa su cara cuarteada en el espejo. Es la cara de alguien que está maniatado, los ojos de quién concilia el sueño a las tres de la mañana y se levanta a las siete y el pelo de un bribón viejo que se tiñe de blanco por el estrés de un cargo.

Pedro Sánchez, que es quién se acaba de levantar, se pone un café, mientras ojea el periódico en su tablet. Un sorbo por cada columna de opinión. Mientras lee una portada donde Venezuela es noticia, recuerda su niñez. Su padre, muy a pesar del franquista de su abuelo, era socialista y éste le llevaba a los mítines de Felipe. Aunque recuerda no entender mucho de lo que aquel hombre decía, sí que tenía en la memoria las ganas con las que su padre gritaba y cantaba canciones marxistas con el resto de afiliados y simpatizantes. Mientras remueve un café que comienza a templarse, tararea una cancioncilla que siempre amenizaba los viajes al pueblo en el pequeño Renault de su padre. “A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar…”, un poema de Alberti entonado por Paco Ibáñez. Le da rabia que los nuevos, los que se han apropiado del tercer color de la bandera española en la que creyó en su juventud, canten ese tema mientras levantan el puño. –Yo dije NO A LA OTAN y ahora… ahora, solo digo lo que me dejan decir en el partido- piensa mientras da un último trago al café.

Mientras friega su vaso y un par de platos de la cena de ayer que seguían en la pila, se marchita: Yo soy de izquierdas, la verdadera izquierda- dice intentando convencerse a sí mismo-. Además, Ciudadanos también es de izquierdas, más moderados, pero de izquierdas al fin al cabo. Susana lo dice y Felipe también: los de morado lo que quieren es jodernos y destruir el sistema, no tienen ideología-. Tras engañarse a sí mismo, esboza una leve sonrisa, que apenas durará un par de horas. A medida que el día avance, cuando cuente la misma y robótica anécdota en cada mitin, esa curva de labios desaparecerá paulatinamente.

A las 10 de la mañana, en una entrevista para una radio conocida, se siente tan incómodo como una chincheta en el culo. Las preguntas el enervan y responde siempre con lo mismo: el verdadero cambio, un par de ataques a la corrupción de Mariano y Venezuela para terminar. A veces, le dan ganas de mandar todo a la mierda, volver a ser de izquierdas, irse a la universidad a dar sus clases y dejar que Susana, con sus propias manos, construya el PSOE que le están obligando a construir. “Yo habría pactado con los morados; en Portugal no están tan mal…“. Sin embargo, la actitud de joven rebelde pasa por su cabeza como destello de luz repentino. Al fin y al cabo, Pedro se debe a su partido, es un burgués más del sistema y, aunque algún día creyó en el marxismo y en el socialismo – de vez en cuando recuerda las discusiones en la facultad con sus compañeros de derechones en las que defendía a figuras revolucionarias como Ernesto Guevara o el derecho de autodeterminación de los pueblos- hoy sólo cree en los mercados.

Así son los días de Pedro, idénticos, pesados, llenos de reflexiones y recuerdos enigmáticos. Esperando en el cómodo sofá de su despacho a que un golpe de suerte le permita gobernar, con quién sea, pero gobernar.

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