A un mes del ataque de Orlando ha sido uno de los más escalofriantes de los últimos años, sobre todo para los estadounidenses. Se ha hablado mucho de ello y se han establecido múltiples motivos que muchas veces no han sido muy reflexionados. Si algo está claro es que este crimen es nuestro: de los homosexuales. Aunque no únicamente. El ataque se produjo en una discoteca de ambiente gay, un grupo minoritario de la sociedad que, como es bien sabido, no cuenta con la mayoría de los establecimientos nocturnos ni en Orlando ni en ninguna otra ciudad del mundo. Por ello, queda claro que el ataque fue intencionadamente dirigido contra dicho colectivo.

También es evidente que la religión no es un factor importante, ya que tanto el Islam como el Cristianismo son religiones que fomentan el odio contra la comunidad LGTB y que han instigado su linchamiento. Además, en EEUU, todos los tiroteos que han ocurrido en los últimos años han sido de la mano de un cristiano, no de un musulmán. En EEUU se podría decir que el “modus operandi” de los ataques religiosos musulmanes es distinto, como muestran el ataque a la maratón de Boston y el 11S. No por ello se debe caer en generalizaciones, pero es un hecho a remarcar, como lo es el hecho de que en Europa las cosas funcionan de manera diversa, y el último tiroteo sí ha tenido un trasfondo islamista.

Las respuestas a este ataque también muestran una debilidad en la aceptación de los homosexuales, así como en la comprensión de su identidad dentro de nuestra sociedad. Ha llevado demasiado tiempo identificar este ataque como un crimen de odio, y no un simple ataque al grueso de la población. La respuesta de la prensa ha sido, cuanto menos, pobre y poco acertada. De hecho, ha causado el desplante del periodista Owen Jones en la televisión británica, donde los presentadores se negaban a aceptar el trasfondo homofóbico del ataque. Claramente, la reacción no hubiera sido la misma si el ataque se hubiera producido en una sinagoga en la que solo hubieran muerto judíos: el no haber calificado de antisemitismo dicho crimen hubiera sido impensable. Esto también ha puesto a prueba el activismo LGTB que lleva unos años focalizado únicamente en las luchas por el matrimonio igualitario. Sin embargo, la reacción a este ataque ha sido rápida y eficaz, logrando tras poco tiempo darle el tinte arco iris que, por desgracia, merece este crimen.

El tiroteo además ha golpeado otra minoría estigmatizada en EEUU: los latinos. Este ataque focalizado contra la doble condición de homosexual y latino hace el crimen aún más amargo.

Sin embargo, es cierto que la lección más importante que se debe aprender de ello es la importancia del control de armas como pilar de una sociedad multicultural, democrática: contemporánea. Sin ello, resulta difícil que el odio no tenga consecuencias mortales y que el miedo no domine sobre el progreso. Esta lacra particular de EEUU con respecto a sus compañeros occidentales, además, lo deja en evidencia y lo mantiene en una posición retrógrada e incomprensible en el s. XXI.

En conclusión, el ataque de Orlando pertenece, por desgracia, a los homosexuales en primer grado. Ulteriormente, es un crimen latino y, en menor medida, un crimen humano. No podemos utilizar estos crímenes para culpar a la periferia de nuestro sistema cristiano, blanco, heteronormativo y patriarcal, sino para hacer autocrítica y ser capaces de aceptar e integrar otras identidades igual de respetables y con las que ya compartimos escuelas y hospitales. Repito, este crimen es nuestro: de los homosexuales. Ningún oportunista islamófobo nos lo robará.

Javier Quevedo
(Madrid, 1991) tiene un grado en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid y un Máster en Estudios Europeos por la Universidad Libre de Bruselas. Si fuera por curiosidad, continuaría estudiando toda su vida, pero por ahora centra su interés en los movimientos sociales y la UE.

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