Últimamente a Europa no se le ve muy en forma. Mientras oleadas de movimientos de extrema derecha se desbordan por un alarmante cantidad de países, delicadas herramientas como el referéndum popular se utilizan de forma creciente como respuestas populistas a problemas complejos.

En Gran Bretaña, ya se pueden observar las primeras consecuencias de la xenofobia de Brexit, con la construcción de un muro anti-refugiados en Calais y la propuesta de obligar las empresas a redactar un listado de trabajadores extranjeros. En Hungría, la baja afluencia a las urnas (43,3%) parece haber sido la única razón por la que la propuesta de referéndum de rechazar el plan de la Unión Europea sobre la redistribución de los migrantes no ha logrado concretarse: el 98,3% de los participantes ha votado para denegar la recepción de los solicitantes de asilo político, gracias a una campaña de 30 millones de euros basada sobre todo en estereotipos y mentiras racistas.

Mientras tanto, la izquierda está implosionando y moviéndose progresivamente hacia posiciones de derecha. En España, el Partido Socialista (PSOE) acaba de forzar Pedro Sánchez a dimitir de su posición de líder de partido, y se prepara a dejar gobernar el Partido Popular de Mariano Rajoy en una gran coalición. En Francia, François Hollande sigue reforzando la lucha al terrorismo a través de unas políticas que discriminan cada vez más la población musulmana, en el intento de robar un puñado de votos a Marine Le Pen. En Gran Bretaña, el Partido Laborista va perdiendo consensos por todo el país, así como en Italia, donde un histórico referéndum sobre la Constitución, que se celebrará el próximo 4 de diciembre, podría forzar a las dimisiones del Presidente del Consejo Matteo Renzi en el caso de una mayoría de votos negativos.

Por un lado, la izquierda parece ser desastrosamente incapaz de entender el profundo malcontento que se está difundiendo por la sociedad, afectando a los ciudadanos. Por el otro lado, la derecha se aprovecha en gran medida de la inmovilidad de la izquierda, y de la rabia que han conllevado unos problemas estrictamente vinculados con el fenómeno de la globalización: la crisis económica mundial, los flujos migratorios, la crisis de la representación política conectada con el problema del déficit democrático de la Unión Europea, la corrupción, y la posición dominante de lo económico sobre lo político. Los movimientos de extrema derecha en Europa no solo proveen de unas interpretaciones nacionalistas y xenófobas a estos problemas, una táctica tanto demagógica cuando exitosa, sino que también se apropian del uso de temas tradicionalmente pertenecientes a la izquierda: la soberanía popular, por ejemplo, y la llamada a la salvaguardia de las clases bajas, lo cual le permite aprovechar de los votos “de protesta” que provienen de la misma clase trabajadora, enfadada con los partidos tradicionales que ya no le representan.

En este panorama, la izquierda asiste como testigo inerme. Rendida al capitalismo global, la izquierda no parece capaz de superar unas obsoletas interpretaciones de asuntos modernos. Podemos en España y Syriza en Grecia, son aparentemente los únicos ejemplos de un esfuerzo de responder a los problemas económicos y políticos europeos; al mismo tiempo, se asemejan más a movimientos de protesta que a alternativas fuertes y partidos sólidos, capaces de asumir el poder en sus propios países.

Existe un riesgo tangible que la crisis económica y la crisis de la representación den pronto lugar a una crisis de la democracia, con una creciente intolerancia hacia los valores democráticos que dejan el paso a nacionalismos y movimientos pseudo-fascistas. La distorsión, exageración, difusión del miedo, para no mencionar las puras mentiras, son la artillería pesada de los ultra-nacionalistas para ganar poder por toda Europa y entre ciudadanos que se sienten abandonados por sus representantes. Y no sorprende, ya que el fascismo siempre ha empleado la táctica de que si una mentira se repite un numero suficiente de veces, pronto habrá un suficiente numero de personas que creerá en ellas.

La izquierda se encuentra con un delicado, cuanto crucial, deber en sus manos: la elaboración de un nuevo proyecto para enfrentar los nacientes asuntos políticos y económicos, lejos de la tecnocracia europea y el creciente populismo. Para que esto sea posible, la izquierda tiene que recordar cual es su prioridad vital, es decir la garantía de la seguridad colectiva, que se traduce en la necesidad de reducir las desigualdades y poner la defensa de los derechos sociales y civiles en primera línea. Esto porque las ideologías siguen existiendo y haciendo la diferencia.

En tanto que los tradicionales partidos socialistas europeos ya no son capaces de representar a esa parte de la población que se identifica en valores de izquierda, se hace cada vez más claro que la muda de la piel tiene que nacer distante de los tradicionales espacios de poder político. España, Italia, Francia, son todos ejemplos representativos de una ala izquierda paralizada, y más interesada en mantener el establishment de una élite de poderes, que en buscar soluciones nuevas a problemas nuevos. Si hay que combatir las desigualdades y restaurar la representación política de la izquierda, se hace necesario adoptar una aproximación desde abajo (bottom-up), pero lejos de peligrosos populismos que a menudo acaban en sobre-simplificaciones de asuntos políticos, y cada vez más relegan decisiones esenciales en las manos de miedosos y desinformados ciudadanos.

Todavía existe, sin embargo, una sana porción de intelectuales, políticos y periodistas que sigue creyendo en la fuerza de los valores de izquierda. Su tarea, ahora, es de reformar el debate social, informar los ciudadanos y hacer un esfuerzo conjunto para la elaboración de un nuevo proyecto para la izquierda europea.

Evitar las degeneraciones fascistas nunca ha sido tan urgente: la izquierda necesita despertarse de su entorpecimiento y volver a luchar para la defensa de los derechos de sus ciudadanos y sus libertades fundamentales.

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