Los británicos decidirán el próximo mes de junio sobre su continuidad en la UE después de que el Consejo haya pactado con David Cameron una serie de cambios en el modo en que el Reino Unido participa en la UE

Tras la victoria de David Cameron en las elecciones británicas, parecía solo cuestión de tiempo que los dirigentes de Bruselas y Londres se sentaran a discutir la participación del Reino Unido en la Unión Europea. Esto se debe a que el primer ministro inglés ganó las elecciones gracias al impulso euroescéptico que le dio a su campaña, y que consiguió eclipsar los resultados del partido euroescéptico británico por excelencia: UKIP. En su programa electoral (que los británicos sí parecen cumplir), el ministro prometió un referéndum sobre la pertenencia del país en la Unión Europea y, con esta amenaza, fue a Bruselas a negociar una pertenencia a la Unión Europea que deje a Londres llevar una política más independiente. Sin embargo, ¿son los británicos conscientes de la incertidumbre económica que conlleva una salida de la Unión Europea?

Sin embargo, lo más llamativo de las negociaciones que han tenido lugar no ha sido la imprudencia británica en este aspecto, sino el monopolio ejercido por el Consejo Europeo a la hora de dirigirlas, ignorando el resto de organismos europeos que tendrían que haber tomado parte, así como la metodología. De hecho, es la primera vez que se hacen cambios en los acuerdos sin que se convoque una cumbre previamente para ello. Esto prueba la deriva autoritaria que está tomando el Consejo Europeo con respecto al resto de organismos europeos, así como la escasa importancia que se le está brindando estos años a todos los temas relacionados con la Carta de Derechos Humanos de la UE.

Además, se continúa estableciendo diferencias entre los socios que forman la Unión Europea, dando (más) privilegios a unos y castigando (más) a otros. Una Unión Europea que aboga por la fraternidad entre los pueblos de Europa no debería, al mismo tiempo, establecer clases entre ellos. Ya en la oscura época de Margaret Thatcher, los británicos consiguieron una posición de privilegio en la Unión Europea que, estudiando su solidez económica, no parecía muy legítima. Tampoco quisieron sumarse a la zona Schengen ni a la Zona Euro, aunque esta última decisión ha resultado indudablemente acertada. Sin embargo, no podemos evitar preguntarnos, ¿qué hacen los británicos en la Unión Europea, aparte de servir sus propios intereses nacionales? El objetivo de una Europa unida no es alimentar los nacionalismos, sino superarlos. Por ello debemos apostar por una unión de pueblos, pero no a cualquier precio: si volvemos a discriminar por nacionalidad, ¿qué sentido tienen todos los avances que se han hecho hasta ahora en este campo?

La utilización política de los referéndums se ha hecho patente en el Reino Unido, donde parecen conllevar una campaña electoralista más salvaje que para las elecciones legislativas y que dejan claro que la opinión personal asusta. Ya no se busca la opinión del pueblo, sino su manipulación para obtener un resultado deseado que justifique decisiones políticas que, por otro lado, vienen motivadas por el afán de poder o por la presión de las grandes entidades económicas y financieras.

Desde la Península, sin embargo, sí que podríamos aprender del Reino Unido, que ha juntado dos referéndums en muy poco tiempo: no hay que tener miedo a los referéndums. El miedo a la participación ciudadana y a la democracia en España es aterrador e injustificado. Es sano que la gente participe y decida, aunque se equivoque. Lo que sí debemos evitar es la manipulación mediática que está causando este último referéndum y que, desde luego, no es un ejemplo a seguir.

Las lagunas generacionales y educacionales de los ciudadanos británicos también llaman la atención: el voto antieuropeo está sobre todo focalizado en personas mayores de 55 años y sin estudios, mientras que son los jóvenes universitarios los que quieren quedarse en la Unión Europea. Además, los más euroescépticos son los ingleses, mientras que los irlandeses del norte son los más pro-europeos. ¿No sería irónico que Inglaterra tuviera que quedarse en la Unión Europea por los votos recabados en Irlanda del Norte?

Por último, el gran revuelo que se produce a nivel europeo por esa petición xenófoba y racista de Reino Unido muestra la falta de interés por acabar con ideales tradicionalmente asociados al fascismo europeo en el seno de sus instituciones. Ha resultado preferible conceder privilegios discriminatorios a un Estado de la Unión Europea que defender los derechos civiles de todos los ciudadanos europeos. Estas decisiones, así como la utilización banal de estos principios discriminatorios para ganar elecciones o conseguir más poder, nos enseñan que Europa ya no defiende los derechos humanos. Europa ha olvidado los eventos históricos vividos hace menos de 100 años, y se dirige en la misma dirección, por el mismo camino.

Tras todo este revuelo: ¿Conseguirá Cameron mantener al Reino Unido en Europa? En el seno de su partido hay ahora mismo una gran división y varios líderes, incluyendo el alcalde de Londres, abogan y harán campaña por el no a Europa. John Hilary, un activista y director de la ONG británica War on Want, ha declarado en Madrid que lo mejor que puede pasar es que el Reino Unido deje la Unión Europea, ya que no es más que un cáncer que está destruyendo el continente. La conclusión, entonces, no puede ser otra que el sí a una Unión, pero no a cualquier precio.

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