¿Cómo llamas a esa sensación cuando se acaba el verano?, ¿esas ganas de volver a la rutina mezcladas con la tristeza por el difunto periodo estival? Seguro que hay una palabra para definirlo y si no la hay debería inventarse.

Es una melancolía que apetece, como cuando estás triste y escuchas canciones de Norah Jones sabiendo que no tardarás en llorar. Pero lloras con gusto. Esas lágrimas que van borrando a su paso el bronceado de tu cara.

He leído por ahí que agosto es el domingo del año y ahora que lo pienso puede que sea cierto. Los domingos, además de dormir y comer de más, hago balance, me propongo nuevos retos y al caer la tarde me quejo de que mañana es lunes. Supongo que septiembre es el lunes del año.

También es cierto que, como muchas cosas en la vida, era más divertido antes, cuando no estábamos afiliados a la Seguridad Social y los veranos se acababan cuando terminaba la temporada del Grand Prix. Ramón García daba las campanadas dos veces al año, la primera era implícita cuando despedía este programa hasta el verano siguiente.

Septiembre olía entonces a libros nuevos forrados de aquel plástico transparente que se resistía a pegarse sin dejar ninguna burbuja; a lápices bicolor, a poner tu nombre en cinco o más cuadernos (el de la tapa verde siempre era para la asignatura de conocimiento del medio).

Sin duda en aquel momento no éramos conscientes de que las hojas de los árboles del patio del recreo iban tornándose cada vez más amarillas, porque estábamos concentrados en no pisar las líneas del tejo, o en no dejar que la pelota botara en el suelo. Cuando ya las ramas quedaban desnudas, habíamos aprendido a resolver ecuaciones y a identificar el sujeto y predicado de una oración.

No nos enseñaron en aquellos septiembres a medir el tiempo más allá del reloj de pulsera que nos regalaron en nuestra primera comunión. No nos dijeron que el tiempo se mide en momentos y que el crecer está sobrevalorado. Hemos tenido que descubrirlo por nosotros mismos, ser maestros y alumnos al mismo tiempo de esta lección que da la vida.

Cuánta razón llevaba Peter Pan y no lo sabíamos.

*Aprovecho para recomendar para este mes de comienzos y nostalgia la novela que da título a este artículo Las luces de septiembre, de mi admirado Carlos Ruiz Zafón.

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