Mort al nacionalisme

Banderas, himnos, dictámenes y declaraciones: estamos sumergidos en un conflicto fratricida en el que todos nos empeñamos en señalarnos con el dedo y tirar el guante al suelo. El desencuentro parece buscar al bueno y al malo de un western americano de segunda en el que los bandos enfrentados se empeñan en competir para ver quién la tiene más grande, pero lo cierto es que esta escalada de tensión solo evidencia el poco aprecio que tenemos por la paz aquéllos que no hemos vivido la guerra. Esta tormenta perfecta nos lleva directos a las rocas donde nuestros líderes, como sirenas, intentan atraer a los pueblos con su canto buscando el naufragio de un barco en el que viajamos todos.

Desde mi punto de vista, sin embargo, el problema está en el enfoque que se le está dando al análisis y en nuestro placer humano por la generalización. Mientras unos ven a los catalanes como los traidores de la patria, los otros ven al español de pulsera como el represor que les coarta, y estamos todos tan ciegos de rencor o tristeza que no nos damos cuenta de que hay una lucha de clases envuelta en todo este pifostio. Es decir, esto no es el Gobierno de Rajoy contra la nación catalana, sino una lucha del poder establecido contra aquéllos que lo desafían. Esto es lo que muchos querían expresar cuando decían que “esto no va de independencia, va de democracia” y que tan poco eco ha tenido posteriormente, al ser uno y otro bando totalmente incapaces de desapegarse de sus banderas.

Por esta confrontación contra el poder, la situación vivida en Catalunya, en muchos aspectos, se asemeja a la del 15M (por ejemplo las masas humanas tomando las calles o las cargas policiales brutales) y por ello es difícil creer que ambas clases dirigentes estén realmente defendiendo los intereses de su gente en todo esto: ni Rajoy está protegiendo el buen funcionamiento de la economía del Estado ni Puigdemont va a liberar a Catalunya de la opresión. Cabe recordar que durante el 15M y debido a las masivas manifestaciones pacíficas, varios miembros del Parlament tuvieron que acceder a dicho edificio en helicóptero u ocultos en furgones policiales, mientras en Madrid la policía se vio obligada a cortar el acceso a varias calles colindantes con el Congreso porque las mareas humanas desbordaban la zona e impedían el acceso a dicho edificio. Después de haber vivido esto, se está cometiendo un error al evaluar este conflicto en términos nacionalistas (español o catalán) y estamos así aumentando la división entre personas de la misma clase y ayudando a mantener el orden actual de las cosas.

El paso valiente sería no dejarse llevar por unas emociones que nos están haciendo más daño que otra cosa: debemos dejar de escuchar los cantos de sirena y empezar a identificar todo lo que nos une, una tarea mucho más difícil que identificar todo lo que nos separa, que es mucho más evidente. Es verdad que es más fácil identificarse con gente que vive cerca, habla nuestro idioma y comparte nuestras tradiciones -aunque éstas han sido en algunos casos inventadas-, pero ello no significa que no tengamos mucho en común con quien comparte nuestro miedo a la soledad, nuestro estrés por ser un buen padre o nuestras dudas sobre un mundo que no está hecho para las personas. También podemos identificarnos con quien trabaja muchas horas por un salario injusto, o quien tiene que esperar meses para ser tratado por la Sanidad Pública, y son estas cosas las que unen a un español de Barcelona o de Cádiz, un extremeño, un catalán, un sueco o un chino y que nos oprimen a todos como clase.

El nacionalismo es, al fin y al cabo, otra excusa inventada para justificar un reparto de poder diferente, igual que se usa el sexo o en el pasado se usó la religión (base de muchos nacionalismos). Y por ello, hoy que lo sabemos, debemos evitar que sea utilizado como justificación para generar conflicto. Las naciones hoy día están para enriquecernos, para que sean compartidas y así seamos capaces de afrontar los problemas desde puntos de vista diferentes, para que nos divirtamos de formas variadas, para que expresemos nuestros sentimientos a través de artes diversas. La riqueza de los pueblos nos hace plurales y nos ayuda a mejorar, pero ello debe entenderse siempre desde la idea del respeto mutuo, de sumar entendiendo que las diferencias individuales son siempre mayores que las diferencias culturales.

Finalmente, la dialéctica ha sido una gran aliada de los que están buscado el enfrentamiento: los debates esconden grandes palabras que han quedado vacías de sentido -democracia, libertad, unidad o legalidad, por mencionar algunas-. A ninguno nos gusta  que nos llamen racistas o xenófobos al margen de lo que pensemos, y en cambio sí que nos sentimos halagados cuando nos llaman demócratas o héroes aunque no lo seamos; por ello estas palabras tan necesarias están perdiendo hoy día su significado. No podemos dejar que los políticos (repito, sin importar su procedencia) llenen nuestra cabeza de palabras bonitas que después no se vean reflejadas en sus actos. No podemos permitir que nuestra insatisfacción sea utilizada por los políticos, empresarios y “nobles” culpables de la misma. Identificados los causantes de tanta discordia y lejos de su influencia, ¡soñemos juntos!

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