La sociedad española, la europea, la global en su conjunto, está viviendo una serie de procesos de cambio en cuanto a los marcos tradicionales en los que se venía desarrollando en la esfera pública, es decir, fuera de casa.

El marco tradicional al que me refiero no es el inmediatamente anterior al crash económico que sufrimos desde 2007, sino al que había nacido con las sociedades de la posguerra (en España a raíz de la Transición) donde el ciudadano y su bienestar eran los ejes desde los cuales pivotaba la acción de los gobiernos, buscando en la mayoría de esos Estados, la protección de los más débiles y la reducción de la desigualdad.

Esa búsqueda del bienestar, que fue un leitmotiv de los gobiernos tanto socialdemócratas, socialistas y democristianos (estos últimos con mayor énfasis en la familia que en el propio individuo), tuvo su momento álgido en los años ’70 del siglo pasado cuando se pensó que se había llegado a un techo de calidad de vida y bienestar suficientes para la ciudadanía que no tendrían vuelta atrás, pero la Historia, la siempre sabia y aleccionadora Historia, nos ha enseñado que esto no es así.

Quien crea que una vez que se ha conseguido la libertad, ya no hay nada más que hacer, no querrá ver lo que viene después, y no es otra que la guerra abierta en la que el más fuerte siempre gana e impone sus reglas a los demás. ¿En qué lugar quedan los Estados entonces? ¿Qué deberían hacer para proteger el interés general y mejorar los índices de bienestar de sus ciudadanos?

Los Estados y la sociedad en su conjunto debemos comprender la libertad como el camino y no la libertad como objetivo, porque esto último no conlleva a nada, sin embargo entender la libertad como un proceso permitirá ir siempre buscando formas de mejorarla en su contenido y en sus protagonistas que somos todas y todos los ciudadanos.

En este punto hay una fricción en los sistemas democráticos entre quienes piensan que es el individuo el que, a partir de aquí, pone sus propias reglas del juego y sus capacidades para ejercer esa libertad en la sociedad y los que ven al Estado como ese garante de unos principios (en forma de derechos y libertades extendidos) en los que todos, dentro de él, debemos desarrollar nuestros proyectos de vida.

Refutando la primera premisa diré que esa libertad es más de cartón-piedra que otra cosa, es decorado, puesto que, con ese orden natural de las cosas, los poderes con mayor capacidad de movilización (económica, política o social), pondrán todas sus energías en que su “visión” se imponga a los demás y seamos el resto los que nos sometamos a esa libertad ¿libertad? Libertad es no someterse a ningún amo por bueno que sea, y no lo digo yo, lo decía alguien “tan revolucionario” como Cicerón.

A favor de la segunda premisa diré que son los Estados los que pueden frenar esa deriva iniciada en los ‘80 de imposición de la primera opción, pero no solo ellos. El marco global en el que hoy se rige el mundo exige que las instituciones democráticas estén a la altura y la forma de llevarlo a cabo es con organismos políticos supranacionales verdaderamente democráticos que puedan estar en un tú a tú con esos poderes fácticos financieros en su mayoría.

Por tanto, es la política la que debe poner coto a este desvarío antidemocrático que estamos sufriendo ¿cómo? con nuevas formas de ejercer la política y con nuevos actores. Nuevos actores que no tienen por que ser jóvenes de edad, que también, sino por sus actitudes, por las ganas de cambiar las cosas, de no tener miedo a los cambios (siempre que sean a mejor). De eso, ya hablaré en una próxima ocasión…

Como decía Octavio Paz, «la libertad no necesita alas, lo que necesita es echar raíces». Pues eso, cuidemos y reguemos todos nuestro árbol común.

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