Andalucía siempre se ha caracterizado por ser una tierra abierta, positiva y tolerante de oriente a occidente. Presumiendo de pluralidad y diversidad, le ha cortado las alas a la formación de extrema derecha que se estrenó en las instituciones andaluzas hace cuatro años. El cambio real se desinfla mirando con resignación hacia el reciente Siembra de Castilla y León. Los andaluces y andaluzas han demostrado que, quien siembra viento, recoge tempestades.

No obstante, frenar el crecimiento de Vox no ha sido gratis. La sociología está de moda y todas las encuestas vaticinaron que Moreno Bonilla conseguiría el gobierno de la Junta de forma holgada. Juanma, presentándose como el anfitrión del adelanto electoral en Andalucía, logró que la ciudadanía se olvidara del resto de candidatos y candidatas que estaban invitadas a la fiesta de la democracia.

Es cierto que Moreno ha conseguido una «mayoría suficiente», como él la describe, en un tiempo en el que no se estilan las mayorías absolutas, pero el resultado no es extrapolable a los comicios nacionales porque todavía no se ha producido su esperado «cambio de ciclo». No se puede hablar de derechización de Andalucía porque Juanma Presidente ha escondido las siglas del PP durante toda la campaña y, sobre todo, por el voto prestado del que él mismo es consciente. Gran parte de la ciudadanía andaluza ha votado a Juanma (que no al Partido Popular) en base al miedo. Los cambios de ciclo los fundamenta la convicción, no el temor.

Aun así, es una realidad: hay andaluces y andaluzas que se consideran de izquierda que han optado por Moreno y/o se sienten aliviados por su mayoría absoluta para que no entre Vox. Hay que reconocer que la izquierda en su conjunto ha fracasado, pero de nada sirve errar si no se hace autocrítica para mejorar y avanzar.

Sin duda Moreno es «el hombre del momento», pero no por sus propuestas o por su capacidad de elocuencia, sino por pasar desapercibido sin hacer ruido. ¿Cómo es posible que eclipsara al resto de formaciones políticas sin hablar, ni debatir, ni confrontar?

El sociólogo alemán Jens Beckert aseguraba que los seres humanos no somos racionales, sino intencionalmente racionales; es decir, que tomamos decisiones en contextos de incertidumbre en base a la información de la que disponemos, que nunca es completa, y a las expectativas ficcionales. Estas tratan de relatos o narraciones que habilitan la acción ante un futuro más o menos previsibles. Juanma ha logrado incidir en la toma de decisión de los votantes dibujando unas expectativas a modo de profecía autocumplida, mientras que los partidos progresistas se han basado en imaginarios de futuro alternativos para orientar su acción.

El fallo principal de que los electores no hayan percibido como convincente y verosímil un escenario diferente al que pronosticaban las encuestas, tiene múltiples causas y conocidas consecuencias: Vox se frena, Ciudadanos desaparece, el PSOE sufre su peor resultado, Por Andalucía se descalabra y el andalucismo de Teresa Rodríguez, de momento, condenado al ostracismo al no conseguir grupo propio.

El tormento postelectoral en la izquierda acerca de que Por Andalucía y Adelante Andalucía no fueran juntas no se puede reducir a que hayan perdido por su separación. Da igual cuánto te dividas. Lo importante es que, si lo haces, lo hagas con la fuerza suficiente para superar los umbrales electorales. El hecho de haber perdido conjuntamente diez escaños proviene de la transmisión previa de incompatibilidad por parte de las élites a sus votantes. Cuando las lideresas de ambos partidos escenifican públicamente sus desavenencias, las relaciones entre las organizaciones se enconan. Y, cuando las militancias se enfurruñan, se filtra el disgusto al electorado. La división aparentemente irreconciliable hace que haya gente que jamás hubiera votado a una formación que naciera de la unión de ambas. Su destino estaba sellado mucho antes del 19 de junio.

El votante andaluz medio ha premiado la continuidad, sacando fuera del mapa a la extrema derecha. No es que Macarena Olona no haya logrado sumar a la marca, es que ha sido precisamente su figuración como vicepresidenta lo que ha hecho que se estrellara. Parece que hasta las «hijas de Dios» padecen castigos terrenales si no cumplen con las expectativas. Si finalmente se queda en Andalucía, el deterioro será doble: la alicantina se quedará sin el protagonismo que le otorgaba el Congreso, pero Vox también perderá un peso fuerte en la Cámara Baja. Quizá estemos ante lo que llevábamos mucho tiempo esperando: el declive de la ultraderecha tras haber tocado techo.

El Partido Socialista, por su parte, se presentaba por primera vez a las elecciones desde la oposición. Aunque sigue siendo un partido de Estado con raíces muy ancladas en la sociedad andaluza, le ha tocado otro baño de realidad. No se puede abusar de gritar «que viene el lobo» porque ya no funciona, pero tampoco de señalar la gestión de Moreno en detrimento de propuestas propias. Comprar el marco del adversario siempre es un error. El PSOE-A contaba con un programa extenso y repleto de justicia social, feminismo, futuro, cohesión territorial, puesta en valor de patrimonio y mejora de servicios públicos para cada una de las provincias andaluzas y para la Comunidad en general, pero no ha sabido transmitirlas con éxito. Ahora tienen por delante cuatro años para demostrar que hacer oposición consiste en criticar y fiscalizar la acción del gobierno, pero también en ser útil proponiendo de forma constructiva. Cuando surge un problema hay que capear el temporal. Si hay un partido que se ha caído y levantado mil veces es el PSOE.

Al final, las alarmas para la izquierda saltaron hace algún tiempo y la abstención ha vuelto a pasarles factura; y es que no se puede hablar de fiesta cuando no acude ni siquiera la mayor parte de quienes estaban invitados.

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