Una vez más la estabilidad mundial tambalea: los Panamá Papers, tal como han sido bautizados los 11 millones de documentos de Mossack Fonzeca, representan un duro golpe para las élites mundiales, afectando al debate sobre las políticas económicas muy profundamente.

Tal vez no nos servían 2,6 terabytes de documentos para enterarnos de que los más ricos y poderosos responden todos a la apelación, cuando la evasión fiscal llama. En la larga lista de culpables figuran presidentes, primeros ministros, reyes, distintos políticos, celebridades, incluso criminales internacionales, señores de la droga, mafiosos y mucha más gente guapa, que han utilizado los servicios del estudio legal para blanquear dinero. Era algo que ya sabíamos desde hace mucho, sin embargo leer nombres y apellidos en blanco y negro tiene un efecto decididamente diferente, ya que disipan cualquier duda sobre el hecho que, en un periodo de austeridad, crisis y recortes, los sacrificios no son comunes.

Estamos frente a lo que Edward Snowden ha definido como “la mayor filtración de la historia”, que ha reforzado ulteriormente las preocupaciones acerca de la desigualdad mundial. La información en la era de Internet viaja muy rápido y en el caso de filtraciones como los Panama Papers, da muestra de su profunda relación con el cambio social. La corrupción vuelve a estar en el centro del debate publico, y la creciente presión social hacia “lo que todos hacen” ya ha tenido sus primeros frutos en un país que no es casual: Islandia.

Recordaremos que en la “Revolución de las Cacerolas”, que estalló en Islandia en 2009, durante el periodo de grave crisis financiera que afectó al país, los ciudadanos islandeses castigaron a partidos y políticos corruptos responsables de haberles llevado al colapso económico. En esa ocasión, la entera población de Islandia puso el grito en el cielo para pedir más democracia y transparencia, logrando hacer dimitir a los protagonistas de las estafas financieras y reforzando el sistema de la vigilancia fiscal; además, se incentivó al desarrollo económico y la participación política, a través de un proceso de refundación constitucional basado en los principios democráticos fundamentales.

No sorprende entonces que, al leer que Sigmundur David Gunnlaugsson, primer ministro de Islandia, no había declarado su participación en una sociedad offshore que tenia junto a su esposa, la población islandesa haya reaccionado de una forma inmediata. Ha sido suficiente un solo día, y el martes 330 mil personas ya habían inundado la calle para protestar, pidiendo las dimisiones de Gunnlaugsson y nuevas elecciones. El primer ministro renunció el día 5 de abril, dejando que, una vez más, un pequeño país diera una lección de no resignación a Europa: los islandeses son conscientes del poder que tienen, un poder que puede garantizar al país una permanente democracia y el respeto de unos estándares democráticos muy altos.

Si la Revolución de las Cacerolas prendió la chispa en 2009 para que la indignación se difundiera por Europa, los Panamá Papers representan la ocasión de desempolvar viejas frustraciones que todavía están presentes dentro del famoso “99%”. Islandia es la demostración que el buen funcionamiento de la democracia vuelve a las personas más políticamente responsables y conscientes de sus derechos, mientras los Panama Papers evidencian el poder de Internet de difundir la sensación de injusticia: la vinculación entre las dos cosas se relaciona estrechamente con las movilizaciones ciudadanas. La información por si misma no da vida al cambio social, necesita terreno fértil en la sensibilidad democrática se sus ciudadanos. Por eso, la enésima humillación por parte de los ricos no tendrá en todos los países las mismas consecuencias que en Islandia, por lo menos a corto plazo, sin embargo no cabe duda que los Panama Papers agravaran enormemente la sensación de desconfianza ciudadana, debida a la impunidad.

La filtración sobre los documentos de Mossack Fonzeca afirman algo que ya era noto, pero su difusión pública plantea en el debate público unas preguntas fundamentales: ¿Cómo se supone que se financien los gobiernos, si los que más deberían pagar, son los que más esconden su dinero? ¿Y cómo podemos ser capaces de confiar en que nuestros impuestos se gasten correctamente, si nuestros políticos y lideres de negocios son ellos mismos unos evasores? Las cosas se complican. Aunque no veremos sus consecuencias directas en todos los países de la misma forma, es evidente que las revelaciones tensan aun más la cuerda entre los ciudadanos y sus representantes. La sinergia entre Internet y el periodismo de investigación adquiere una vez más la forma de un arma capaz de coordinar la indignación. Es posible que esto tendrá unos efectos imprevisibles en el futuro de la estabilidad económica y política.

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