Santiago Abascal con su móvil en el Cogreso

Camino de cumplir los dos meses de confinamiento, echamos la vista atrás con la crisis que padecemos (la sanitaria), y ponemos también un ojo en la que vendrá (posiblemente, la económica). Y, a tenor de esta situación, el marco político de los partidos, que en momentos como este debería haber suavizado las tensiones que existen entre unas y otras formaciones (por el mero hecho de remar en conjunto hasta erradicar la epidemia), se sitúa en una perspectiva de lo más adversa. Pese a que la mayoría de propuestas del Gobierno salen aprobadas del Congreso de los Diputados, el conflicto no se ha atenuado. La Cámara Baja sigue siendo el mismo gallinero, y los cacareos retumban igual aún solo reuniendo a un puñado de parlamentarios por las medidas de control del virus.

Pero… ¿a qué suenan los graznidos? Los primeros entablaban crítica a la gestión del Gobierno, algo lógico y comprensible, siempre y cuando el reproche no sea vacío y destructivo. Sin embargo, hay mucho más. La tónica general de las arduas conversaciones políticas entre líderes se ha quedado muy lejos de esto, ya que se han ido enredando, redes sociales y medios de comunicación mediante, en los diferentes temas o ‘topics’ que revolotean alrededor del impacto de una enfermedad que ya se ha llevado a más de 20.000 españoles. Lo cual diferentes grupos han decidido usar como armas reales contra sus oponentes, en muchos casos sin escrúpulos ni miramientos conociendo las vidas que ocultan las cifras que se echan en cara.

Precisamente las muertes por Covid-19 ha sido uno de los grandes lugares comunes de los partidos, aunque, por desgracia, no por unión, sino por la intención de usar a los fallecidos para reforzar sus propias posiciones. El Partido Popular ha sido el más constante en este aspecto, con Pablo Casado realizando durísimos ataques desde la tribuna del Congreso, en los que llegaba a pedir una auditoría al Ejecutivo por “mentir” en las cifras de defunciones, o incluso contaba el total de decesos en “11-Ms”. Aunque, si pensábamos que “ir demasiado lejos” tiene ya nombre y apellidos, Vox tampoco se queda atrás. Su fotografía manipulada con la Gran Vía de Madrid llena de féretros recorrió Internet con la rapidez que se le supone a lo viral, dejando claro que a la ultraderecha española le importa más agrandar la herida que cerrarla, se lleve lo que se lleve por delante (sea el respeto a los fenecidos o los derechos de autor de la imagen que sustrajeron sin pedir permiso).

Y, frente al triste escenario de la muerte, la dignidad de la vida. O, dicho de otra forma, la búsqueda de una vida digna; que, en estos momentos, podemos retratar en el ingreso mínimo que el Gobierno ya negocia y plantea aprobar en mayo (y que podría ayudar a miles de familias golpeadas duramente estos meses). Especialmente curioso es este caso, pues ha resultado ser la munición que carga muchas de las armas políticas actuales, tanto fuera de La Moncloa como dentro de ella. La disputa entre Iglesias y Escrivá a cuenta de las conversaciones sobre esta iniciativa llenaron decenas de titulares, aunque muchos periódicos no llegaron a aclararse sobre quién de los dos había quedado por encima (la búsqueda dicotómica de ganadores y perdedores internos es, desde hace varios años, el alimento que sustenta algunas secciones).

No obstante, la división respecto a este tema también quedó patente en los círculos de la derecha, donde antiguos protagonistas como Luis de Guindos, Cristóbal Montoro o el propio Jose María Aznar han llegado a posicionarse a favor de las tesis de Escrivá (con matices temporales), mientras que las cúpulas de PP, Ciudadanos, Vox o JxCat rechazan de pleno. Así, Arrimadas habla de una idea “podemita”, Espinosa de los Monteros la tilda de “comunista bolivariana”, y Abascal de “paguita”, produciéndose un extraño efecto de fragmentación liberal por el enfrentamiento simultáneo con el Ejecutivo (en busca de socavar la necesidad de este tipo de ayudas) y con sus propias “vacas sagradas” (no en vano, Montoro y De Guindos fueron los grandes artífices de la brutal política de recortes tras la crisis). ¿Será Aznar chavista o Pedro Sánchez se ha convertido en el nuevo adalid de los planteamientos de FAES? Esta reducción a lo absurdo retrata el hecho de que, en temas concretos como este, la corriente política de continuo enfrentamiento puede llevar a un callejón sin salida, tras haberse metido en él dentro de una ceguera que no es ideológica, sino comunicativa (la continua viralidad de los exabruptos parlamentarios parece seducir demasiado).

Sin embargo, no todo son partidos grandes. También formaciones más reducidas dentro del arco del Congreso han cargado de pólvora sus cañones, apuntando directamente a la ya mil veces mencionada “desescalada”, a cuenta de la gestión autonómica de la vuelta a la normalidad. El PNV, sin ir más lejos, y hasta no hace mucho uno de los apoyos más férreos de Sánchez fuera de sus filas, amenazaba con dejar de respaldarle si no permitía que Euskadi manejase su propia reactivación, llegando a acusar al presidente de “especular” e, incluso, de “dificultar el autoabastecimiento”. Urkullu, en concreto, denuncia una especial falta de control en su territorio (extraño cuando, salvo el confinamiento, la mayoría de competencias siguen siendo vascas), con la esperanza de recuperar los votos que le desangran desde hace meses sin una fecha de elecciones regionales aún fijada.

Similar situación se vivió con el debate de las salidas infantiles controladas, gracias a la polémica desatada en muchas casas y familias españolas. Dentro del entorno de los apoyos parlamentarios del Gobierno, no fueron pocos los que apuntaron contra los sillones azules del Consejo de Ministros, como Más País, con Errejón a la cabeza tratando de hacerse un hueco dentro de un Grupo Plural al que no le une ningún lazo más allá del numérico. Tanto el madrileño como Néstor Rego, líder del BNG, trataron de destacar como constructivos afirmando que el Gobierno “cuando rectifica, acierta”. Llama poderosamente la atención este punto en especial, pues si bien el revuelo formado dentro de su contexto fue mayúsculo, la crítica no llegó a ser tan cruenta como en otro tipo de situaciones, aunque sí provocó descontento en sectores que, hasta el momento, habían sido férreos defensores de la gestión central. Esta acción comunicativa concreta merece capítulo aparte, pues entonar el “mea culpa” suele ser arriesgado en medio de una crisis, pese a que la rectificación fue bien acogida (aunque no sin un cierto paternalismo por parte de quienes cinco minutos antes habían abierto fuego contra La Moncloa).

Tocada la campanilla de las acciones de comunicación, no podemos desaprovechar la oportunidad de comentar el hecho de que el vicepresidente Iglesias emitiese el impactante titular “no estamos comunicando bien”. Una derivada de la asunción de culpa del ministro de Sanidad respecto al ‘topic’ anterior, aunque mucho más arriesgada. El líder de Podemos no tiene competencia alguna respecto a los mensajes que han de emitirse desde el Ejecutivo de coalición, al igual que tampoco tienen sentido sus disculpas si no pensamos en un marco en el que el revestimiento de sinceridad de sus palabras retrate el hecho de que desde la formación morada no están conformes con el tratamiento de la información que se hace de puertas para adentro, o crean que “pueden hacerlo mejor”. Tensiones innecesarias en momentos de crisis, que dejan al aire que, si realmente desde UP pudiesen mejorar lo ya hecho frente a los micrófonos, no haría falta salir a los mismos a recalcarlo ante las cámaras. Enunciar a los medios que el Gobierno “no comunica bien” con una exención de culpa implícita es precisamente el mejor ejemplo de una mala y precipitada comunicación.

Finalmente, no podemos concluir sin hacer referencia a varias de las “armas arrojadizas” ya desatadas y continuamente en uso durante las pasadas semanas, que, como característica especial, tienen la inclusión de parte de la ciudadanía dentro de las protestas o defensas de una forma activa. La lucha antibulos con la desinformación generada en torno a las acciones de Whatsapp y Twitter atribuyéndolas a censura gubernamental (cuando se tratan de multinacionales extranjeras que ejercen sus mismas normativas en todos los países en los que operan), o la situación del sector sanitario en nuestro país son los mayores exponentes de este grupo. En especial, estos últimos están siendo utilizados por unos y otros como si de un muñeco de trapo se tratase, muchas veces olvidando que el problema de fondo no son las dificultades actuales, sino el maltrato que la Sanidad pública ha sufrido desde varios años atrás, y ha conllevado a que los medios no sean suficientes.

Es importante (si no fundamental) que esa munición cargada y lista para disparar, la cojan manos que comprendan como aprietan el gatillo. Los ‘topics’ y temas de conversación se vuelven peligrosos sin información de contexto a su alrededor, pues el seguimiento opaco a titulares llamativos o a frases impactantes (muchas veces falacias disfrazadas de coherencia) pueden provocar a que la pólvora haga sangre contra quien intenta parar la guerra.

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