El pasado domingo 6 de diciembre se llevaron a cabo las elecciones en Venezuela para renovar la Asamblea Nacional, único, y ahora último, bastión opositor institucional. 

El oficialismo: el Gran Polo Patriótico, coalición bolivariana liderada por el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), ganó las elecciones por la amplia mayoría del 67,6% de los votos, recuperando así la Asamblea Nacional, en manos de la oposición tras las elecciones de 2015. La participación ha sido del 31%, 40 puntos porcentuales por debajo que en la convocatoria anterior de 2015, cuando la participación rondó el 74% y la oposición se hizo con el Parlamento del cual emanó Guaidó como presidente. 

Las elecciones parlamentarias han puesto en disputa la única institución política central en manos de la oposición al chavismo, la Asamblea Nacional, declarada en desacato y sin competencias reales por el gobierno de Maduro, cuyo presidente, Guaidó, es reconocido por la mayoría de Estados Occidentales como representante legítimo de Venezuela. El único bastión opositor se tiñe de oficialismo y se renueva de la omnipresencia del Psuv. 

Perder la Asamblea Nacional podría haber sido la consecuencia de una oposición con un rumbo cada vez más traslúcido de incertidumbre. Se llamó a la abstención para las elecciones por la mayoría de las fuerzas opositoras. Sin embargo, algunos partidos sí presentaron candidatos. Incluso, el conocido opositor y ex candidato a la presidencia, Capriles, hizo un llamamiento a la participación electoral como forma de ejercer la posibilidad al cambio político desvinculándose del proyecto abstencionista de Guaidó. 

Sin embargo ahora, la pérdida de la Asamblea Nacional como estrategia política, deja hueca la próxima legislatura de la representación opositora institucional hacia dentro y hacia fuera.

La legislatura termina a principios de enero, momento en que cambian los parlamentarios y por ende la presidencia del Parlamento dejará de estar en manos de Guaidó.

El llamamiento a la abstención como estrategia política consensuada se dio ya en 2005 por parte de toda la oposición política, hubo una abstención del 75%. En ese entonces no hubo candidatos opositores que se presentaran a la convocatoria electoral. Una estrategia en bloque y al unísono. Sin embargo, la estrategia en esta ocasión no siguió las mismas pautas ya que sí hubo candidatos opositores a las legislativas, que además, van a conformar la minoría parlamentaria, frente al Gran Polo Patriótico, con aproximadamente un tercio del Parlamento.

El oficialismo se está quedando solo en la política y en el Estado. El chavismo gobierna el ejecutivo, controla 227 de 251 diputados regionales, gobierna en 19 de 23 gobernaciones y 305 de 335 alcaldías. Todo ello,a pesar de que Maduro cuenta con un 90% de desaprobación.

La estrategia confusa de participación parcial, el triunfo del chavismo a pesar de la baja popularidad y la tranquilidad de la jornada electoral ha sido interpretada por algunos analistas como un momento de gran desafección política por la ciudadanía venezolana cuyas opciones de elección política parecen cada vez menos claras y de cuestionable legitimidad. Todo ello es un contexto de estrés económico y humanitario sin precedentes.

La campaña habría sido agresiva en ambos polos en cuanto a las presiones por la estrategia elegida. El oficialismo en una apuesta sumamente mediática y con los bienes de consumo básicos como moneda de cambio podría haber presionado por ese lado. Guaidó con la mano férrea de la comunidad internacional occidental habría presionado por la abstención. Lo que explica el adormecimiento político de Capriles, cuya opción por la participación se fue silenciando (se ha hecho alusiones a amenazadas de congelamiento de bienes financieros de Capriles en EEUU). Así, el chavismo concurrió prácticamente solo a votar en una campaña casi de partido único pero con la legitimidad del pluralismo abierto oficial.

Alrededor de 50 países, no han reconocido los resultados electorales, bajo las directrices de EEUU y de la Unión Europea, a pesar de que los cientos de observadores internacionales en primera instancia no han confirmado irregularidades. En los próximos días se irán haciendo públicos los informes de estas delegaciones.

Veedores internacionales participan en instalación de mesas en centros de votación en Caracas
Veedores internacionales participan en instalación de mesas en centros de votación en Caracas (Cancillería de Venezuela)

La OEA, en su línea bajo la Secretaría de Almagro, no reconoce las elecciones (decisión adoptada sin los votos de Bolivia, México y Argentina).

El ex presidente del gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero, conocido mediador para una salida interna de la crisis política en Venezuela, cuestionó la decisión de la Unión Europea del no reconocimiento y apoyo a las sanciones y solicita una reflexión al respecto. La estrategia planteada por Zapatero es de las más sólidas para una salida real a la crisis política que avanza en la polarización y el estancamiento.

El margen positivo electoral (ante la baja participación -abstención como estrategia- la oposición ha recibido votos en proporción a un tercio del Parlamento) podría ser la mejor baza de la oposición que pareciera estar embarrándose en un rumbo sin opciones reales de hacer política frente al inmovilismo chavista. Capriles, en entrevista a la BBC tras el resultado electoral, afirma que adueñarse de la abstenciòn es una estrategia equivocada. 

En una internacionalización tan marcada de la política como es el caso venezolano, teniendo en cuenta que Trump hizo numerosos discursos y acentuó el bloqueo y las sanciones, el panorama requiere estar pendientes de Biden. La política regional que mantendrá la Casa Blanca después del 20 de enero aún es incierta. Sin bien los demócratas, por tradición, pueden ser más propensos a las negociaciones, el desconocimiento al gobierno de Maduro puede continuar. 

Las elecciones, si limpias, no fueron todo lo plurales que la heterogeneización de la ciudadanía venezolana representa. Sin embargo, ello responde más a una fragmentada oposición que a un fraude electoral del oficialismo. Sin participación las acusaciones dejan pocas opciones de reclamo del poder político, que cada vez más, se acomoda en su estrategia de trincheras. 

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