El Viejo Continente está viviendo desde hace una década aproximadamente una situación que se antoja peculiar y, para entenderla, hay que ver de dónde venimos.

De todos es sabido las tensiones que siempre han caracterizado a Europa: territoriales, económicas, políticas, sociales, etc. Todas ellas conformaron un pequeño pero muy variado puzzle, tras 1945, y el nuevo orden que se fue abriendo con la construcción de la Comunidad Económica Europea por un lado, de ámbito pro EEUU y por otro la órbita soviética, con el famoso Telón de Acero dividiendo Europa.

Hasta la caída de la URSS en 1991 ésta fue la tónica, con dos estructuras políticas (Kominform y CEE) y otras dos militares (Pacto de Varsovia en el Este y OTAN en el Oeste).

Pero desde hacía varias décadas, primero en el oeste y después al otro lado del Telón de Acero se iban imponiendo tesis con posiciones tendentes a la moderación ideológica y económica, frente al absolutismo frentismo de la Guerra Fría.

Una prueba de ello es la Unión Europea, institución supranacional que buscaba, bajo un mismo paraguas, dar cabida a todas las sensibilidades en una Europa desangrada por cruentos enfrentamientos. Dos eran y son los principios fundamentales en los que se basa esta superestructura: democracia y defensa de los derechos humanos.

Es indudable que el recorrido hecho desde los años 50 hasta el inicio del siglo XXI ha sido un éxito en cuanto a estabilidad democrática, avances sociales y económicos, pero no es oro todo lo que reluce y no toda la sociedad ha sentido de esa misma forma tales avances.

España es un buen ejemplo de lo que estamos hablando, porque nuestro país ha dado un salto de gigante en estos últimos 40 años, pero no con toda la generalización que debería ser, más cuando nos vanagloriamos del Estado del Bienestar (mucho mejor en países del norte del continente).

De hecho, la autocomplacencia que producen los datos macroeconómicos a cualquier gobernante provocan una espiral que parece les hace obviar que detrás de todos los datos, están los ciudadanos.

Y eso ha sido una patología no solo española, sino también europea; causa de algunas de las situaciones que estamos viendo recientemente en la sociedad de la UE y que nos debe llevar a hacer un diagnóstico serio de todo el caso.

Las conquistas sociales que se han ido dando, especialmente en los años 70 y 80 (en España desde los 80), fueron provocando un asentamiento en la mayoría de la sociedad, con una conciencia de pertenencia a una clase media (en algunos casos el deseo se imponía a la realidad) que provocaba el confort con lo alcanzado, garantizar lo conseguido y no arriesgar más, puesto que los niveles de vida eran más que aceptables.

Esta sensación ha sido y es un problema porque ha tendido a “conservadurizar” a la mayoría, dejando de lado demandas que aún son importantes (igualdad, mujer, integración, medio ambiente…) pero que parecen haber pasado a un segundo plano mientras la estabilidad y comodidad económica sea lo predominante.

Pues bien, esta es la situación que podemos observar en la Unión Europea (especialmente en la UE-15, entre los que se encuentra España) durante las décadas de los años noventa y los dos mil, hasta el estallido de la crisis financiera global y la posterior de deuda de países europeos).

Cuando la vida transcurre sin apenas sobresaltos, los problemas no saltan a la palestra, pero cuando se viven tiempos de escasez, como hemos tenido estos años, vemos bien qué es lo que se cimentó bien y qué es aquello que se fraguó de mala manera y ahora aparece con grietas serias que ponen en riesgo al propio edificio, a la UE.

Lo que se ha cimentado de mala forma es lo relacionado con la protección al ciudadano ante el “fracaso” económico y de promoción social, pues tenemos que tratar de proteger el Estado del Bienestar desde lo más básico que es el individuo. Este se puede ver favorecido por el ascensor social a una mejora de su calidad de vida y no a caer al foso del mismo, con las dificultades para salir de él.

La protección al desempleo, políticas activas personalizadas para la reinserción laboral, una educación que enseñe en valores democráticos, de tolerancia y adaptada al siglo XXI, para que no sea una institución (la más valiosa) anquilosada.

Con estas opciones y otras desde el sector público como la gobernanza, la democracia real y participativa, la calidad de vida será real, se sentirá, no será en parte un escaparate.

Si no lo hacemos así, viviremos situaciones desagradables como las actuales, de reforzamiento del Estado-Nación, el aumento del nacionalismo estatal y regional por razones económicas o xenófobas como actualmente con los refugiados de guerra, la vuelta a la desconfianza y la presencia de cada vez más extremismos, con riesgos reales de acceso al poder como estamos viendo en algunos países de la UE.

Por tanto, es claro tener claro hacia dónde vamos, sin olvidad de dónde venimos, porque el futuro está en juego, el nuestro y el de las futuras generaciones ¿Quo vadis Europa?

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